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Las extensas ruinas de Teotihuacán han cautivado durante mucho tiempo a arqueólogos, historiadores y entusiastas de las civilizaciones antiguas.  Ubicado a sólo 30 millas al noreste de la Ciudad de México, este enigmático complejo urbano es un testimonio del ingenio de sus constructores, los teotihuacanos.
 Sin embargo, a pesar de su grandeza, Teotihuacán sigue envuelto en un velo de misterio, y quedan muchas preguntas sobre sus verdaderos orígenes y el destino de sus habitantes.
 Teotihuacán, a menudo denominada la Roma de Mesoamérica, ocupa un lugar único en los anales de la historia.  Data del siglo I d.C., es un siglo anterior a la poderosa civilización maya y contaba con una población estimada en casi 100.000 residentes durante su apogeo.
 La ciudad sirvió como centro para el comercio y la religión, estableciendo el estándar para las siguientes ciudades-estado en toda la región.
 Sin embargo, lo que realmente distingue a Teotihuacán es la ausencia de jeroglíficos o registros escritos.  A diferencia de muchas culturas mesoamericanas contemporáneas, los teotihuacanos no dejaron una historia escrita, lo que dejó a los investigadores modernos sin una narrativa clara de sus logros, sus gobernantes o los eventos que ocurrieron dentro de los enormes muros de la ciudad.
 El corazón de Teotihuacán está dominado por dos pirámides icónicas: la Pirámide del Sol y la Pirámide de la Luna.  Estas imponentes estructuras, junto al Templo de Quetzalcóatl, bordean la Avenida de los Muertos, una vía central que atraviesa el complejo.

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Más de 200 edificios más pequeños y miles de viviendas rodean esta gran avenida, pintando una imagen de un próspero centro urbano.

 El encanto de Teotihuacán va más allá de su escala y sus maravillas arquitectónicas.  Es un lugar donde los mitos y la historia se confunden, donde el pasado y lo desconocido convergen.  Los textos antiguos de la civilización azteca, que llegaron mucho después de la decadencia de Teotihuacán, sugieren una conexión entre ambos.

 Según las leyendas aztecas, sus antepasados ​​emergieron de un lugar llamado Chicomoztoc, una cueva con siete cámaras que albergaba a siete tribus.  Sorprendentemente, algunos investigadores proponen que Chicomoztoc puede tener una contraparte del mundo real debajo de Teotihuacán, debajo de la Pirámide del Sol, donde se ha descubierto una cueva con siete cámaras.

 Una leyenda particular registrada por el cronista español Gerónimo de Mendieta añade una capa intrigante al misterio.  Habla de dioses que descienden a la Tierra desde el cielo, posiblemente en una nave, para formar humanos a partir de huesos, cenizas y su propia sangre.

 Esta narrativa plantea la cuestión de si nuestros ancestros antiguos fueron testigos de encuentros extraterrestres, dando forma a sus sistemas de creencias y civilizaciones.

 A medida que profundizamos en los misterios de Teotihuacán, nos enfrentamos a la desconcertante ausencia de un camino evolutivo claro para la ingeniería y la destreza arquitectónica de la ciudad.

 La tecnología y la artesanía expuestas parecen desafiar el conocimiento convencional de la época, lo que nos deja reflexionar sobre la fuente de este conocimiento y habilidad avanzados.

 En nuestra búsqueda por desentrañar el enigma de Teotihuacán, debemos reconocer las limitaciones de nuestra comprensión.  Los orígenes de la ciudad siguen siendo difíciles de alcanzar, sus constructores anónimos y su historia no está escrita.

 Sin embargo, es un testimonio de las profundas capacidades de las civilizaciones antiguas y de los misterios que siguen cautivando nuestra imaginación.

 En el corazón de México, Teotihuacán nos invita a explorar, reflexionar y maravillarnos.  Nos recuerda que la historia no es una narrativa lineal sino un complejo tapiz de logros humanos, conocimientos perdidos y los misterios perdurables de nuestro pasado.

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Por Alejandro