Egipto: conexión alienigena

Egipto: conexión alienigena

9 marzo, 2021 Desactivado Por Alejandro

Alienigena simboliza, literalmente, que pertenece al cosmos exterior de la Tierra o procede de él. Una endeble, pero sugerente, presencia ET ha sido empleada en múltiples ocasiones para aclarar los misterios de la sociedad egipcia. Y en cambio, escasas veces pensamos en los elementos auténticamente alienigenas que sustentan las creencias de los viejos egipcios: veneración y culto de un legado verdaderamente venido de los astros.

La culpa está en la carencia de respuestas. La sociedad faraónica, que brilló con un esplendor sin igual entre sus contemporáneos, es la civilización de la Antigüedad que más misterios acumula en el transcurso de sus más de 3.000 años de historia. La edificación de las pirámides, su inmejorable orientación astronómica o los incomprensibles escritos que acompañan a múltiples de ellas, indican en una misma dirección: los astros.

Varios de los misterios que envuelven a los viejos egipcios están tan enrocados en la comunidad científica que no son escasos los que han sugerido, quizá de una forma aventurada, la contestación alienigena. Los propios escritos viejos nos hablan de visitas y viajes a los astros. El Texto de la vaca celeste nos cuenta cómo las deidades primigenios arribaron del firmamento y, como vamos a ver seguidamente, los Escritos de las pirámides explican con todo detalle cómo podía viajar el faraón hasta los astros en los denominados «escritos de ascensión».

Las huellas de una realidad alienigena en el Egipto faraónico son más abundantes de lo que podríamos creer

Pero más allá de la interpretación subjetiva que queramos dar a estos informes religiosos, la verdad es que las huellas de una realidad alienigena en el Egipto faraónico son más abundantes de lo que podríamos creer. No hablan de entes grises de pequeño tamaño con ojos almendrados, pero exponen una realidad igual de enigmatica y fantástica.

Los Escritos de las pirámides son los escritos religiosos más viejos de la sociedad. Aparecen por vez primera en la pirámide del faraón Unas en Sakkara (ca. 2350 a. C). Su contenido es totalmente estelar. En el transcurso de casi 230 fórmulas se dan los pasos imprescindibles para que el faraón difunto ascienda al firmamento y se una con sus ancestros, las deidades de la estrellas.

¿Por qué pensaban los viejos egipcios que sus dioses procedían de los astros? ¿Qué les hizo pensar que el faraón provenía del mismo sitio y que debía reincorporarse a su naturaleza estelar?

En los Escritos de las pirámides podemos localizar las respuestas. Allí se nos trata de unos enigmáticos “rayos” que cruzaban los cielos de Egipto, y estos rayos, llamados bia, estaban hechos de un raro mineral, terriblemente duro, si bien lo más única de ellos eran sus poderes mágicos.

Los bia, literalmente “el metal del firmamento”, debieron de ser meteoritos ricos en hierro, los denominados sideritos. Los egipcios observaron en ellos un gesto de gracia por parte de las deidades celestes, los mismos que miles de años anteriormente bajaron sobre la Tierra para concebir la civilización. Todo encajaba.

Los egipcios emplearon el material de los meteoritos, para ellos divino, para la confección de herramientes mágicas que utilizaban en sus rituales

Hoy conocemos que bastantes de estos meteoritos eran divinizados y adorados en templos. En el texto II de la Historia natural de Plinio el Viejo (23-79 d. C.) podemos leer cómo en el santuario de Abydos, la morada de Osiris, deidad solarizada tiempo mas tarde, se adoraba una roca que la tradición identificaba como caída del firmamento. Diferentes escritos nos manifiestan que en Abydos se veneraba una de las antigüedades más importantes de Osiris, su cabeza. Si a esto le sumamos que los egipcios pensaban que los huesos de las deidades estaban hechos de hierro meteorítico, podríamos especular con que la cabeza de Osiris era un meteorito que recordaba el cráneo del dios de los fallecidos.

Los egipcios emplearon el material para ellos divino (no olvidemos que contaba con un elevado porcentaje de níquel, casi un 10 por ciento), para la confección de herramientas mágicas que utilizaban en sus rituales. Curiosamente este hierro no era empleado para fines prácticos, como podría esperarse de él, debido a su extremada dureza. Los egipcios entendían que su poder radicaba en la esencia misma del material y, sobre todo, en el sitio mágico del cual provenía, el firmamento de las deidades.

LA VIDA VINO DEL ESPACIO

De la antigua metrópoli de Heliópolis, la metrópoli del Sol, hoy prácticamente no queda nada. Varios restos se pueden ver al lado a la zona de Matareia, en El Cairo. Del santuario original no hay rastro pero todos los escritos viejos hablan de él como el sitio en donde se albergaba el divino Ben-ben, la roca primigenia de la que apareció la vida según la cosmogonía heliopolitana.

Escritos como la roca de Shabaka conservada en el Museo Británico de Londres, cuentan que anteriormente de existir el cosmos, hubo un cosmos y un tiempo al que ni siquiera los recuerdos podían alcanzar. En esa profunda oscuridad, la nada más absoluta, el Nun, el no-ser, flotaba en un océano de agua inerte. En cierto instante de las aguas de ese vacío insondable apareció la colina primigenia; una colina piramidal de color negro. En su vértice emergió la deidad solar Atum, la primera deidad creador, el mismo que dio vida a todos las deidades celestes que arribaron a la Tierra en el origen del los tiempos.

Según la cosmogonía de Heliópolis, la roca Ben-ben fue aquella colina primigenia que sirvió de soporte para el disco solar. En la propia metrópoli de Heliópolis se edificó la mansión del Ben-ben, sitio en el que los sacerdotes heliopolitanos conservaban celosamente la reliquia de esta colina primigenia, signo del semen creador petrificado del dios Atum.

Para gran cantidad de expertos esta roca Ben-ben no sería otra cosa que un meteorito; una roca caída del firmamento en la prehistoria y que cambió de forma traumática la figura de creer y pensar de los viejos egipcios

¿Cuál era la figura y el material del cual estaba hecha esta misteriosa reliquia primigenia? Lo desconocemos, dado que no contamos con ninguna descripción ni la roca en sí. en cambio, por las descripciones de los escritos parece indicar que pudo haberse tratado de un trozo de meteorito con forma piramidal, una señal de las deidades. Este raro elemento piramidal cuyo autentico concepto solamente podemos intuir, está además vinculado con el piramidión, el vértice que remataba las pirámides y además los obeliscos, iconos solares por antonomasia.

Imhotep, sabio arquitecto y al final dios en el I milenio anteriormente de nuestra era, pasa por ser el ideólogo y creador de la figura piramidal. A su ingenio se debe la edificación de la primera pirámide de la historia, la del faraón Zoser en la meseta de Sakkara, en el 2650 a. C. Él creó esa espectacular escalera hacia el firmamento que unia al soberano difunto con sus ancestros estelares.

Si revisamos los cargos que desempeñó en vida, localizaremos uno sobre todo única. Imhotep ostentaba el puesto de “Inspector de todo lo que el firmamento trae” y se menciona que su excepcional conocimiento en astronomía y en toda clase de ciencias procedía de un enigmatico texto de origen celeste. Una vez más encontramos ese vínculo con el planeta alienigena en la literatura egipcia de las primeras dinastías y que nos acercan, casi con seguridad, al planeta de los meteoritos.

Esta relación la hallamos desde las primeras dinastías. A 15 km al sur de Heliópolis, en un emplazamiento conocido como Abu Gurab, estaba el antiguo complejo de templos solares de los soberanos de la V dinastía. Hoy escasamente quedan remanentes de dos de ellos, el de Userkaf y el de Niuserre. Se trataba de construcciones abiertas en cuyos patios, tras un altar para sacrificar animales, se erigía un inmenso obelisco en honor del dios Ra, el Sol.

La estructura del montón era parecido a la que pueda tener un complejo piramidal. Lo único que cambiaba era la pirámide, sustituida en el suceso de Abu Gurab por un grueso y achaparrado obelisco. Hoy de todo este complejo no quedan más que unas escasas ruinas, las suficientes como para que los arqueólogos se hayan podido realizar una idea de la importancia del sitio y de su antiguo concepto.

EL MÁS ALLÁ: UN VIAJE A LAS ESTRELLAS

El vínculo de unión entre el planeta celeste con el ámbito funerario se mantuvo durante toda la historia de Egipto. Si los Escritos de las pirámides daban las fórmulas necesarias para que el soberano difunto regresara a los astros, los escritos funerarios posteriores, destinados a auxiliar a todos los egipcios de cualquier estamento social en ese viaje al planeta de Osiris, continuaron con iguales ideas.

El Texto de la salida al día, más conocido como Texto de los fallecidos, cuenta con un pasaje única en el que se explica la llegada de la momia a la entrada de la sepulcro. Allí recibe por parte de los sacerdotes el ritual de apertura de la boca, esto es, una liturgia por la cual el difunto recuperaba sus cinco sentidos para poder iniciar el viaje al Más Allá. Un sacerdote sem se ubicaba ante la momia erigida frente a la puerta de la sepulcro, rematada por una pirámide, y gesticulaba con una suerte de azadón de color negro. Esta insolita utensilio, denominado setep, según bastantes egiptólogos, estaría formada de hierro de origen meteorítico, una prueba más de la presencia de elementos alienigenas en la religión egipcia y su excepcional valor en los rituales de iniciación. En diferentes ocasiones se empleaba con la misma finalidad el denominado psesh-kef, una utensilio con forma de cola de pez.

Los viejos egipcios relacionaban el origen de la vida y la presencia mas tarde de la muerte con el planeta fuera de nuestro mundo

asimismo de ser empleado con las momias, esta liturgia además se usaba para dar vida a cualquier tipo de animal divino y tambien templos o estatuas. Antiguamente era llevado a cabo por el mismo artesano que hacía la estatua sin necesidad de usar un sacerdote como intermediario. En el suceso de las momias el ritual de apertura de la boca se celebraba en dos ocasiones. Primero se realizaba inmediatamente mas tarde de finalizar el proceso de embalsamamiento, en el taller de los embalsamadores. Más tarde, el ritual se repetía, como hemos observado, anteriormente de que el sarcófago y la momia fueran colocados en el interior de la sepulcro para la eternidad.

Una vez más nos topamos con un apunte que refuerza el plan de que los viejos egipcios relacionaban el origen de la vida y la presencia mas tarde de la muerte con el planeta fuera de nuestro mundo.

TUTANKHAMÓN Y EL ESCARABAJO DEL ESPACIO

Un reciente ejemplo lo encontramos en la sepulcro de Tutankhamón, descubierta en 1922 por el arqueólogo británico Howard Carter. En una de las cajas con joyas apareció un rico pectoral (Carter 267D, JE 61884), cuyas piezas constituían en redacción críptica el nombre ceremonial de entronización del Faraón Niño, Nebkheperura. La joya, de 14,9 cm de alto, está formada de oro, plata, incrustaciones de lapislázuli, carnalita, obsidiana, distintas cristales de colores y, lo más única de todo, una enigmatica roca. En el centro del pectoral destaca un escarabajo que sujeta la barca solar de Ra en su viaje por el firmamento. El insecto está tallado a partir de una roca traslúcida de color verdoso de naturaleza única.

En verdad se trata de un única mineral denominado roca del desierto (calcedonia translúcida). Fue desvelado por vez primera en el año 1932 por el cartógrafo británico Patrick A. Clayton. asimismo de ser el primer hombre que cruzó de este a oeste el Gran Mar de Arena por el paralelo 27 que se abre por todo el desierto Líbico de Egipto, a su regreso dio con este mineral tan curioso. Su origen casi con seguridad esté vinculado con algún objeto estelar que chocó con la Tierra hace unos 28 o 29 millones de años. Lo más posible es que el meteorito en cuestión chocara con tanta fuerza contra nuestro mundo que lanzó al aire rescoldos derretidos de material que, tras enfriarse en escasos segundos, cayeron otra vez al suelo, generando este monóxido de silicio de gran pureza. El paso del tiempo y el azote de la erosión del viento hicieron el resto: una superficie cristalina verdaderamente inverosimil en la que sobresalen sobre todo las tonalidades verdosas, como es el suceso de la roca que forma el escarabajo del pequeño pectoral de Tutankhamón.

Los egipcios conocían la naturaleza de esta roca alienigena. Su fuerza simbólica fue empleada en la joya del Faraón Niño para reforzar el plan de la magia solar y lunar que exhala el pectoral. Pero, de forma lamentable, solo nos ha llegado su empleo en esta joya del arte faraónico. Modernas expediciones al desierto Líbico han dado en las dos últimas decenios con modernos remanentes de roca de origen alienigena originarios de aquella detonación.

¿SERES DE OTRO PLANETA EN EL ANTIGUO EGIPTO?

En los años 90, ante la a simple vista asombrosa evidencia concluyente que mostraba esta imagen, se quiso ver a un extraterrestre clásico en una sepulcro de Sakkara. Lo poseía todo: cabeza desmesurada, grandes ojos negros almendrados y rasgados y piel grisácea. ¿Qué más se necesitaba para probar la presencia de entes de otro mundo en el Egipto faraónico? La imagen procedía de la sepulcro de Ptah-hotep, Visir del faraón Djedkare-Isesi, (V dinastía, ca. 2400 a.C.). La primera vez que la vi ya observé algo que no encajaba. El ser era sobradamente claro. en cambio, partes de la anatomía del oferente que había a su derecha, parecían superponerse, algo insólito en el arte egipcio.

Los egipcios sabían que más allá de nuestro mundo había algo

Cuando a los escasos meses visité la sepulcro de Ptah-hotep en Sakkara, en efecto, descubrí al ver la escena con detenimiento que el conocido extraterrestre era en verdad una pareidolia. Simplemente, no era más que un jarrón con doble asa, en donde un par de frutos daban forma a unos “ojos” almendrados.

Pero más allá de estos fraudes o malentendidos, quizá lo más notable de todo es que los egipcios lo conocían. Sabía que más allá de nuestro mundo había algo. Quizá no alcanzaban a entender qué, pero su certeza en la procedencia de estos objetos alienigenas era clara. Cada vez que alguien me ha preguntado por la vida más allá de nuestras fronteras terrestres, mi contestación ha sido firme y contundente. Sé que no estamos solos en el Cosmos y que, muy seguramente, de igual forma que nosotros vamos, ellos pueden venir. Actualmente bien, eso no prueba de ningún modo que yo admita que la sociedad egipcia sea de origen o tenga influjo alienigena. Al contrario, en los más de veinticinco años que llevo investigando este campo, aun no me he hallado una sola evidencia de ello. Y en cambio, si bien parezca paradójico, los viejos egipcios sí tuvieron contacto con ese planeta tan lejano y fantástico, siendo su huella algo totalmente claro y indiscutible en su sociedad, porque sí, Egipto sí era alienigena.