El Jardín del Edén: coordenadas y precisiones de un planeta etérico que no sería tal

El Jardín del Edén: coordenadas y precisiones de un planeta etérico que no sería tal

25 febrero, 2021 Desactivado Por Alejandro

Desde antaño hay quienes han pretendido desentrañar el enigma sobre la ubicación exacta del paraíso bíblico siguiendo las precisiones insertas en el texto del Génesis, y ello ha derivado en un sinnúmero de suposiciones, conclusiones y opiniones diferentes que mantienen que el jardín del Edén no pudiera ser encontrado en este plano, o bien, que sí es factible realizarlo, y que existirían elementos que nos permitirían llegar a él sin miedo a equivocarnos.

Comencemos por el comienzo, y abordemos el examen exegético de las sagradas escrituras en cuestión de las referencias específicas encima del Edén y su supuesta localización.

Así pues, en Génesis II, 8-16 se señala primeramente que Yahvé plantó un jardín en un sitio del Oriente denominado Edén donde tomó la decisión de colocar al hombre que había formado, y que de allí salía un río que lo regaba, fraccionado a su vez en cuatro brazos llamados: Pisón, Guijón, Tigris y Éufrates. Hasta aquí diversos puntos por apuntar. El primero de ellos es el distingo indiscutible entre Edén y el mismísimo jardín contenido en él, lo que nos permite concluir que Edén era una zona geográfica en donde se plantaría el mítico huerto bíblico.

En este sentido, vale seguir al mismísimo Zecharia Sitchin quien, en su texto «El 12° Mundo», no sólo nos menciona que la palabra Edén es de origen mesopotámico, vocablo proveniente del acadio edinu que simboliza «llano», sino que E.DIN, en lengua sumeria, se traduce como «el hogar de los justos», todo lo cual nos lleva a sostener enérgicamente que la morada de las deidades o paraíso terrenal pudo bien haberse hallado en la region ocupado oportunamente por la antigua civilización sumeria, lo que sería coincidente con la situación de los ríos señalados por el texto del Génesis. Y aquí corresponderá detenernos en el segundo punto objeto del presente artículo.

Hablemos de Pisón, Guijón, Tigris y Éufrates. Los dos últimos son hartamente conocidos y demarcan la zona geográfica donde tuviera origen la que se estima la primera civilización del planeta, Sumeria, actual República de Irak en Oriente Medio, mientras que Pisón, según precisa La Biblia, es aquel río que rodea la tierra de Havila, asociada históricamente con Arabia, que a su vez limita al norte con Irak, cuyo lecho estaría seco en el presente, y Guijón, que envolvía la tierra de Cus, lugar que varios asociaron con Etiopía, y diferentes con el antiguo reino de los casitas originarios del suroeste de Irán, todo lo cual hace encajar las piezas de este rompecabezas si al lado con el arqueólogo Juris Zarins coincidimos en apuntar que el Guijón bien podría tratarse del río Karun, el más caudaloso de Irán.

Río Tigris y Eufrates. (Wikimedia Commons)

Seguimos la tesis de la zona mesopotámica, resultando prácticamente imposible pensar en otro territorio cuando hablamos de Edén (o Dilmun en la leyenda sumeria), puesto que cuando hablamos de Mesopotamia hablamos de tierra entre ríos, y las corrientes de agua individualizadas en los escritos bíblicos enmarcan esta historia allí mismo, en la República de Irak, o cuando menos en la Mesopotamia.

Esta versión cobra incluso más fuerza y vigencia cuando vamos más atrás en la historia, y acudimos a la cita de lo que tuvieron para decir los Sumerios en sus tablillas cuneiformes hace más de cinco mil años, donde cuentan iguales historias, recurrentes y sistemáticas, como las del propio Diluvio Universal. En efecto, son los sumerios los que sitúan en la Mesopotamia la leyenda de la creación del hombre, después de diversos intentos fallidos de las deidades en este sentido, dando sitio al surgir de Adapa, como lo llamó el mismísimo Enki, el hombre perfecto, el Adán bíblico o el Homo Sapiens para la ciencia.

La historia de Enki y Ninhursag que nos traen las tablillas cuneiformes de la antigua civilización sumeria nos menciona lo siguiente:

“En Dilmun, el cuervo no da su graznido […] El león no mata. El lobo no se apodera del cordero. […] Aquel que tiene mal en los ojos no dice: ‘Tengo mal en los ojos’ […] La vieja no dice: ‘Soy una vieja’; el viejo no dice: ‘Soy un viejo’”.

Esta referencia concuerda con el concepto de paraíso bíblico, un lugar de armonía, paz, no-violencia, dicha, salud, juventud y vida eterna.

Enki y Ninhursag. (Wikimedia Commons)

La Mesopotamia es la contestación, ese es el lugar que emula al paraíso de Dante, al planeta inteligible de la alegoría de la cueva de Platón, la tierra de jamás nunca de Peter Pan, la isla de Avalon de la Leyenda del Soberano Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, y demás sitios que sólo podrían haber sido encontrados fuera de este plano en el que los hombres somos prisioneros de nuestros sentidos, y sólo allí donde lo imposible puede ocurrir.

Inconcebiblemente la geografía del planeta conocido nos permite acceder a este sitio divino.

Las precisiones son determinantes, los ríos y la zona resultan, a la luz de los narraciones de las antiguas culturas, totalmente indiscutibles.

(Wikimedia Commons)

El primer hombre tal cual como lo ha concebido la ciencia (verbigracia: homo sapiens) habría tenido su origen allí. La primera civilización de la sociedad tiene una historia para contar, de dioses que vinieron de los astros, del mundo Nibiru según la hipotesis e investigación del azerbaiyano Zecharia Zitchin, y que habrían propiciado, mutación genética por medio del hombre Neanderthal, la creación del hombre evolucionado.

Llegar al punto de partida es ese: La República de Irak, la Mesopotamia. El próximo paso será definir el origen del hombre.