La leyenda del Garoé,el árbol del agua

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La leyenda del Garoé

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En esta  entrega conversaremos de un mítico árbol que los mitos colocan en una reducida ínsula del Atlántico, frente a la costa occidental de África, la Isla del Hierro. Adorado por los nativos, que lo llamaban Garoé en su lengua, era el singular proveedor de agua potable en un territorio sin lluvia. Pero este prodigioso árbol y la villa al que sustentaba, desaparecieron hace siglos, el uno, arrancado por un vendaval de la montaña donde crecía, los diferentes, bajo las botas de los conquistadores españoles.

A principios del siglo XV la Corona de Castilla emprendió la conquista de las Isla del Hierro, la más occidental de las Islas Canarias.

En aquel tiempo estaba poblada por la villa bimbache, una etnia emparentada con los bereberes del Norte de Africa. Los europeos se toparon con un grave inconveniente logístico, no encontraban suministro de agua en esas desérticas costas donde jamás llueve. Los nativos guardaban celosamente el incognito del origen de su agua potable, era su gran ventaja estratégica, frente a la máquina bélica de los castellanos, curtidos en los enfrentamientos bélicos, poseedores de armas de fuego, de aceros afilados, duras corazas de metal y un afilado instinto depredador.



Los bimbaches obtenían el agua de un enorme árbol, fijado en las alturas de la montaña, a mil metros de altura. Para ellos era una deidad y lo llamaban Garoé. Pese a la inexistencia de precipitaciones, este mágico árbol atrapaba la niebla de las alturas y la condensaba, haciendo que lloviera bajo él. Los nativos habían erigido depósitos a su sombra donde acumulaban el precioso líquido.

Cuando los castellanos , desanimados, estaban dispuestos a cejar en sus intenciones de conquista y a abandonar la isla, tuvieron un golpe de suerte. Una adolescente bimbacheGuarazoca, se enamoró de uno de los soldados y le enseñó el “Árbol del Agua”, como desde por lo tanto fue denominado por los españoles. Guarazoca fue ejecutada por los suyos, pero los adversarios pudieron apresar al cacique Armiche y rendir a sus pobladores.

La Isla del Hierro fue incorporada a la Corona de Castilla y los bimbaches vencidos. Este pueblo, sometido a las duras circunstancias de vida que les impusieron sus amos no tardó en desaparecer de la cronica.
Dos siglos más tarde, el divino árbol Garoé fue desarraigado por el viento y de él solo quedaron las leyendas.


¿Existió el Garoé? ¿ De qué especie se trataría?

Las creencias orales por si mismas no constituyen ninguna evidencia objetiva, pero si hay escritos históricos que las avalen, la cosa cambia. Continuamente se puede evaluar a los autores y la credibilidad de sus obras, si bien ninguna confirmacion quede libre de sospechas, por lo menos hemos elegido el procedimiento más fiable. La primera referencia al Garoé aparece en un texto propalado en 1525, de título “Relación del primer viaje alrededor del planeta”, cuyo creador Antonio Pigafetta, alude a él como “El árbol que da agua”. Dos años más tarde, además es citado por el historiador Fray Bartolomé de las Viviendas.

Las circunstancias climáticas de la Isla del Hierro son diferentes según a la altura encima del nivel del mar. La franja que va desde el litoral hasta los 200 metros es una zona desértica, hasta los 800 semidesértica, pero a partir de aquí y hasta la cota máxima de 1500 el aspecto de la flora cambia por completo. Nos encontramos con un bosque húmedo, impropio de las latitudes subtropicales. Se trata de un bioma denominado laurisilva.

A consecuencia de la interacción de las corrientes atmosféricas con el relieve se forman densas nieblas que suministran al arbolado el agua necesaria para crecer.

Uno de estos árboles de la laurisilva puede ser el que buscamos. Se trata de la especie Ocotea foetens. Es el más frondoso de todos y puede alcanzar los cuarenta metros. Las hojas, que son lustrosas y en forma de hoja de lanza, son capaces de exudar agua en abundancia para suprimir el exceso y mantener el intercambio de gases con la atmósfera. Si nos situamos bajo él, podríamos recoger el líquido sobrante en recipientes adecuados.

Podemos suponer (no probar científicamente) que el legendario Garoé era un ejemplar de Ocotea foetens de grandes dimensiones, quizás el más poderoso de las montañas de la Isla del Hierro cuando llegaron los conquistadores, y que los pobladores originales lo adoraban, no como un ser único, si no como el máximo exponente de aquellos árboles de los que obtenían el precioso recurso del agua potable.

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