sindrome del esclavo satisfecho cuando agradecemos los latigazos

Síndrome del esclavo satisfecho: cuando agradecemos los latigazos



El síndrome del esclavo satisfecho no es un término recogido por el DSM ni por ningún otro manual de diagnóstico psiquiátrico. 

Me refiero con este nuevo concepto al montón de síntomas que presentan algunas personas que, a pesar de vivir una vida objetivamente miserable, parecen estar no solamente resignadas sino agradecidas con su existencia. En esta noticia trataré de aclarar varios supuestos en los que se produce este mecanismo de defensa, sus causas y su contexto social y cultural.

En el sí de una sociedad dada, podríamos plantearnos lo siguiente: ¿qué es lo peor que le puede pasar a un esclavo?

Uno podría contestar que, sin duda alguna, lo peor de la vida de esclavo es, por supuesto, la humillación constante y el trato degradante que supone su condición de esclavo. en cambio, habría otra factible contestación: lo peor que le puede pasar a un esclavo es sentirse satisfecho y incluso agradecido de la vida que le ha tocado vivir y del trato que recibe. 

Una sociedad de neuróticos adaptados

Esta satisfacción paradójica propia del neurótico adaptado, no reflexiona sobre del futuro y reduce la complejidad de la vida a la satisfacción inmediata de la rutina diaria. Aunque demasiados contemplan esta filosofía de vida del carpe diem como una muestra loable de aclimatación y de optimismo, lo cierto es que es una figura más de autoengaño. La trampa cognitiva radica en que el esclavo satisfecho aumenta progresivamente su aceptación resignada de su condición de esclavo; una condición que, a base de hic et nunc, termina por pasar inadvertida por el propio individuo.

Lo que define a un esclavo no son sus amarres físicos y su nula libertad de movimientos sin la expresa autorización de su amo. Ni siquiera lo define los latigazos que recibe.

Asumiendo la ideología del poder

El inconveniente del esclavo satisfecho con los golpes y latigazos no es el dolor físico que éstos le causan, sino la predisposición psicológica a recibirlos y a naturalizar el ensañamiento del poderoso sobre él. 

En consecuencia, la desgracia del esclavo no son tanto las formas situacionales que sufre en su cotidianidad en términos de maltrato físico, sino la asunción del pensamiento del poderoso, que le impide plantearse y por tanto cuestionar su estado de sumisión. Esto conlleva que admita de figura acrítica las circunstancias de vida con una pasividad resignada y sin atisbo de determinación para poder revertir su vida. Si además sumamos una percepción de satisfacción por el trato que se le ofrece en tanto que esclavo, el individuo está condenado a vivir una vida miserable. En este suceso, las cadenas no sujetan el cuerpo, sino la mente.

El esclavo satisfecho en la sociedad actual

Es cierto que, en las sociedades actuales, las luchas por los derechos sociales y civiles han ido cimentando algunas leyes que nos cuidan de abusos flagrantes como el esclavismo de cadena y látigo. en cambio, aun arrastramos varios vestigios del sistema esclavista. 

El sistema socioeconómico y cultural vigente nos impone ciertos valores y ejerce una manipulación continua sobre la figura en que pensamos, conduciendo a la aceptación de algunas prácticas que chocan de pleno con el derecho básico de pensar de figura crítica y autónoma.

El esclavismo moderno consiste en que atendemos sin reflexión previa a una serie de rutinas familiares, laborales y sociales. En este día a día frenético, se nos anula la capacidad para tomar la iniciativa ante cuestiones sumamente importantes como el consumo (qué compramos y para qué), la moda (muy relacionada con la imagen de nosotros mismos que queremos proyectar al planeta) y la moralidad (aquellas reflexiones que deberían guiar nuestros actos encaminados hacia fines concretos).

Entre el acriticismo, la pasividad y el carpe diem mal entendido, nuestra mente deja de plantearse ciertas cosas, lo que a la postre significa una resignación pasiva ante las vicisitudes de la vida. De este modo, tal como actuaría un esclavo y por la indefensión aprendida que supone la nula confianza en nuestras posibilidades, acabamos siendo meros espectadores de un statu quo que creemos ubicuo y, por tanto, por sí mismo legítimo.

Jóvenes depresivos y anestesiados

La manipulación de nuestros pensamientos va conformando una cultura fértil para el poder: nos amarra a prejuicios, consignas y estereotipos que paralizan a los jóvenes en un presente carente de esperanza

Aunque varios movientos han despertado gran parte de estos jóvenes anestesiados bajo el yugo del pensamiento uniforme de la tecnocracia y el presentismo, la otra mitad sigue habitando un escenario en que la uniformidad de pensamiento, los empleos precarios y los instantes de ocio siguen un patrón idéntico. 

Sin pensamiento crítico no hay libertad

En estos círculos, cualquier atisbo de pensamiento independiente o de crítica hacia ciertos usos y costumbres se vilipendia y se excluye sistemáticamente. Así, el miedo a pensar por uno mismo y la autocensura son los obstáculos para huir de las cadenas y latigazos en el esclavismo moderno. Por supuesto, el sistema saca rédito de este tipo de pensamiento, apuntalando individuos altamente obedientes: trabajadores precarios pero productivos, consumistas sin criterio y, por supuesto, nada críticos con la sociedad ni con las injusticias que sufren aun sin darse cuenta de ello.

La adolescencia no solo es la etapa en que nuestra personalidad se consolida, sino además es el tiempo de nuestros pensamientos se estructuran y trazan ciertas líneas maestras de nuestra percepción del planeta que nos rodea. La influjo del asociación encima del adolescente continuamente es un causa relevante a la hora de presumir la influjo en el pensamiento uniforme o, por el contrario, en el pensamiento crítico. 

Sin cultura crítica, los individuos se exponen incapaces de pensar la realidad por sí mismos. En este sentido, la existencia deja de ser un viaje en busca del bien, la verdad y la felicidad, para transformarse en una sinrazón de espejismos y estereotipos cuya apariencia se revista del bienestar que nos brinda un pensamiento impuesto y asimilado: todo por no tener la valentía de superar a tiempo las cadenas del esclavo.

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Por Alejandro

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