La leyenda de los Hijos de Lir

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La leyenda de los Hijos de Lir

Esta preciosa y triste cronica nos llega desde la cultura celta. En él aparecen figuras que nos son muy familiares en los cuentos que hemos oído desde muy niños, como la malvada madrastra y los cisnes encantados.

 

Este mito empieza con la coronación del soberano de Erín (la antigua Irlanda). Los candidatos eran los cinco gobernantes de las tierras irlandesas y cuando eligieron a Dearg, el soberano Lir se marchó muy enfadado a su corte, ya que esperaba ser él el elegido para el cargo. Con la intención de mantener la paz y evitar todo tipo de conflictos, el nuevo gran Soberano Dearg decidió ofrecerle la mano de una las tres hijas de Oilell de Arán.

 

El soberano Lir aceptó la oferta y eligió a Ove, la mayor de las hermanas. No transcurrió demasiado tiempo cuando fueron padres de gemelos, un niño y una niña, Aod y Fingula. Pero cuando nacieron los diferentes dos, además niña y niño, cuyos nombre serían Conn y Fiachra, Ove murió en el parto. Sólo la presencia de las criaturas impidió que el soberano no muriese de pena, dado el amor que profesaba a su esposa.

 

Cuando llegó a oídos del soberano Dearg la fatídica noticia, el pesar invadió su corazón y sintió una inmensa pena por Lir. Así que decidió ofrecerle a Oifa, la hermana de su difunta esposa, para que aliviara su sufrimiento.

 

Y durante un tiempo así fue. Incluso que Oifa empezó a sentir celos de los niños, sus propios sobrinos, unas criaturas a las que todo el planeta quería y adoraba.

 

Un día, Oifa los subió en un carro y los llevó a un lago. Allí propuso a los moradores del lugar deshacerse de los niños a cambio de lo que quisiesen, pero ellos la ignoraron. Al observarse sola, les manifestó a sus sobrinos que fueran a bañarse al lago y cuando estaban en el agua les apuntó con una varita, regalo de un hechicero, a la vez que arrojaba a los cuellos de los niños unas cadenas de plata.

 

En ese preciso instante los pequeños se convirtieron en bellos y blancos cisnes. La única en protestar fue Fingula, que ya había sospechaba algo de su malvada tía. Le gritó que parase el hechizo pero Oifa se negó y le manifestó que la maldición no se rompería incluso que Lairgnen de Connaught se uniese a Deoch de Munster, algo que pasaría en un futuro muy, muy lejano…

 

Cuando la cruel Oifa llego a la corte de Dearg fue preguntada por los niños. Ella contestó que Lir no quería que estuvieran allí. Incrédulos por la contestación de Oifa, los cortesanos de Dearg enviaron un mensajero al palacio de Lir para preguntar si los niños estaban con él. Lir lo negó y además negó haber mencionado a su esposa que no deseaba que sus descendientes fuera a la corte del soberano Dearg.

 

Tal era la desconcierto y la preocupación que se originó con todo este tema, que Lir fué en busca de sus descendientes al lago donde Oifa había los llevado. A su llegada, los cisnes empezaron a cantar y éstos le revelaron quiénes eran verdaderamente y lo que les había pasado. Totalmente enfurecido, Lir le contó a Dearg lo que había hecho Oifa. Su castigo fue convertirla en un demonio con la misma varita que ella utilizó para maldecir a los hijos de Lir. Así quedó incluso el final de sus días.

 

Un buen día, los niños-cisne decidieron que tenían que partir hacia otra tierras y cuando lo hicieron, toda Erín quedó sumergida en la tristeza. Después de gran cantidad vicisitudes, llegó la hora del vuelta al hogar que habían dejado hacía tanto tiempo. Ya no quedaba nada, solo ruinas y desolación. Habían pasado centenares de años…

 

La profecía que marcaba el final del encantamiento estaba a punto de cumplirse. El compromiso entre Deoch de Munster y Lairgnen de Connaught ya había sido estipulado. Pero la boda no se llevaría a cabo incluso que Lairgnen no le llevara a la novia aquellos hermosos cisnes.

 

El príncipe fue en su busca al lago conocido como Lago de los Pájaros. Cuando se acercó a ellos les quitó las cadenas de plata y en ese justo instante recobraron su figura humana. Más no como los niños que fueron, sino como ancianos completamente demacrados y famélicos.

 

Su triste final llegó en una hora. Sus cuerpos ya inertes fueron enterrados igual que cuando se cobijaban durante las tormentas cuando eran cisnes: Fingula en el centro, Conn y Fiachra bajo sus brazos y Aod sobre su pecho.

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