Vlad Tepes, la leyenda del conde Drácula

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Vlad Tepes, «Vlad el Empalador», conocido en el planeta como Drácula, nació en Rumania (1428-1476). Hijo de Vlad Dracul (caballero de la orden del Dragón) y nieto de Mircea el Grande, soberano de Velaquia (1368-1418). Fue uno de los príncipes rumanos que por sus diversas hazañas y su nada corriente personalidad, llamó la atención y despertó el interés de figura muy especial, no sólo de sus contemporáneos, además de la cronica y literatura actuales.
Para varios historiadores del asunto, Drácula fue un heroico defensor de los intereses e independencia de su país y del cristianismo, mientras que para diferentes se trataba de un suceso patológico de alguien que torturaba, atormentaba y por supuesto mataba para divertirse, por puro placer.
Fue uno de los tres hijos legítimos de Vlad «El Diablo», príncipe de Valaquia (antiguo principado danubiano, que formo con Moldavia el reino de Rumania). La actualidad, constituye dos regiones geográficas al este de Europa bien definidas: la Mutenia, colocada al este del río Olt, y la Oltenia, al oeste.
El origen de ese sobrenombre se encuentra en la cruel afición del príncipe Vlad a empalar a sus víctimas. De hecho, según los cronistas, Vlad Tepes disfrutaba ofreciendo auténticos banquetes a sus invitados, envueltos de centenares de hombres y mujeres cruelmente empalados.
Cuentan que en una ocasión uno de sus invitados, ante el hedor que desprendían los cadáveres atravesados por largos maderos, protestó ante el anfitrión, alegando que no podía comer con aquella peste. de inmediato Vlad «el hijo del Diablo» ordenó que su invitado fuese empalado en el palo más alto, para que pudiese disfrutar de aire puro por encima de todos los demás empalados.
Fue el escritor irlandés Bram Stoker a finales del siglo XIX, quien le transformó en protagonista de su novela «Drácula». Y es aquí donde empieza la leyenda. ¿Por qué le eligió Stoker para ser el vampiro por excelencia? ¿Fue sólo un capricho del literato? ¿O hubo algún apunte fundamental que el escritor nos ocultó?

Varios factores pudieron unirse para hacer a Stoker tomar tal decisión. Uno de ellos, la existencia de Elizabeth Bathóry, una pariente lejana de Vlad que vivió en el siglo XVII y recibió el apodo de «la condesa sangrienta». Bathóry se ganó semejante apelativo porque, según cuentan, acostumbraba a degollar muchachas vírgenes para bañarse en su sangre, en la creencia de que así prolongaría su vida y juventud eternamente.
Pero el elemento más obvio es que la novela de Stoker está ambientada en los Cárpatos de Transilvania, territorio en el que durante la Edad Media se propagó la leyenda sobre entes capaces de sobrevivir a la muerte a base de succionar la sangre de los vivos durante la noche. Y esa zona, el singular personaje histórico con un perfil psicopático, brutal y maligno, que le convertía en un candidato natural al vampirismo era Vlad Tepes.
Claro que, Stoker, además pudo inspirarse para tal asociación en El vampiro (1816), de Polidori, médico personal de Lord Byron, cuyo personaje Lord Rutheven, ya perfilaba el carácter y las facultades de vampiros literarios posteriores como Camilla (1872) de Sheridan Le Fanu. Todas estas obras se inspiraban a su vez en una antigua creencia del folclore griego –citada por Esquilo o Eurípides–, según la cual los espíritus de personas muertas de figura violenta o a edad muy temprana regresaban a este planeta para causar daño a los vivos. Estos entes recibieron el nombre en los medios rurales de vrykolakas, y los campesinos griegos exhumaban los cadáveres de los sospechosos y los quemaban para evitar sus apariciones fantasmales. Por lo tanto no es casual que siglos más tarde tanto Polidori, como Goethe, La novia de Corinto (1797), o Keats, Lamia (1819), colocaran la acción de sus vampiros en Grecia.
Alrededor del siglo XII se puso muy de moda este tipo de literatura y estos viejos fantasmas comenzaron a tomar la figura concreta de entes que resucitaban para extraer sangre de los vivos. En esa era se les llamaba con el término latino sanguisua, y la creencia en ellos se disparó con las plagas de dolencias desconocidas que asolaron Europa del Este entre los siglos XVI y XVIII.
Los afectados palidecían, sufrían fiebres altísimas, languidecían entre espasmos incontrolables y morían sin remisión. No había señales de mordisco alguno. Pero la histeria colectiva atribuyó los innumerables decesos a la acción de los vampiros, un vocablo serbio que proviene del ruso «upyr» y que significa «absorber». La superstición popular completó al máximo la lista de remedios contra estos entes malignos: ristras de ajos alrededor del cuello, espadas en figura de cruz clavadas en las sepulturas, estacas en el corazón y cabezas decapitadas.
Quizá este último hecho además inspirara a Stoker, pues la cabeza de Vlad Tepes «al morir» en 1476 fue separada de su cuerpo por los turcos para enviarla como trofeo al sultán Mehemed II de Estambul, para que fuera expuesta como escarmiento y advertencia según la costumbre de la era.

¿Y el resto de su cuerpo? Según la versión oficial, fue enterrado sin cabeza en el monasterio de Snagov, situado en medio de un lago cercano a Bucarest, y a cuya fundación Vlad contribuyó generosamente en vida, por lo que su abad le escondió varias veces de los turcos. Durante el último siglo, los monjes incluso mostraban a los visitantes la supuesta lápida funeraria de Drácula, cuya inscripción había sido borrada casi completamente por orden del máximo jerarca de la Iglesia Cristiana ortodoxa, el patriarca Filaret, que consideró a Vlad un criminal. Dicha lápida estaba encastrada en el altar de la iglesia, y incluso hoy se halla ante las puertas del iconostasio.
Los monjes de Snagov afirman que fue colocada allí para que fuera pisoteada por los asistentes a los oficios. De ese modo pensaban que el alma pecadora del difunto purgaría sus terribles culpas.
Lo cierto, y este es otro apunte que pudo jugar un papel decisivo en la transformación literaria de Vlad Tepes en vampiro, es que según asevera el historiador Nicolae Serbanescu en su texto «Cronica del Monasterio Snagov,» poco anteriormente de que Stoker publicara su novela encima del conde-vampiro, la tumba de Vlad fue profanada en 1875 y sus huesos fueron enterrados en otro lugar que aun no ha sido desvelado. Quizá por este motivo, cuando los historiadores Nicolae Iorga y Dinu Rosetti, que realizaron excavaciones en la tumba de Vlad en 1933, encontraron sólo huesos de caballo y un anillo con las armas de Valaquia, que se supone pertenecieron al príncipe.
Diferentes versiones afirman que en 1933 se halló un cuerpo ricamente ataviado y sin cabeza. Pero si esto fuera cierto ¿dónde están actualmente esos remanentes? Unas versiones dicen que siguen bajo el altar, pero a mayor profundidad que la excavada. Y diferentes, como la de Serbanescu, optan por creer que fueron trasladados a un lugar incognito.
en cambio, en Rumanía, por las altas zonas montañosas y rurales de Los Cárpatos hay quien estima que Drácula no descansa en paz y sigue deambulando, eternamente, entre los bosques que circundan el que fuera su castillo.

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