LOS HOMBRES QUE SALVARON AL MUNDO

los hombres que salvaron al mundo
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LOS HOMBRES QUE SALVARON AL MUNDO

Sucedió el 26 de septiembre de 1983.
Ese día, la decisión de un solo hombre cambió el futuro de toda la sociedad.
Se trata de un individuo anónimo y discreto, del que jamás hemos oído hablar y que, quizá, nos salvó la vida a todos y cada uno de nosotros.
Su nombre era Stanislav Yevgráfovich Petrov y trabajaba encerrado en el remoto búnker Serpujov-15, cerca del pueblo de Kurilovo, en la zona rusa de Kaluga.

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Stanislav Yevgráfovich Petrov

Ese búnker formaba parte del centro de mando de la inteligencia militar soviética y coordinaba la defensa aeroespacial rusa, encargada de los equipos de alerta temprana.
La misión de Petrov era verificar y alertar de cualquier ataque norteamericano con misiles contra territorio soviético, informando inmediatamente a sus superiores para que estos iniciaran el medio de contraataque con armamento nuclear contra EEUU.
La función precisa de Stanislav Petrov, pues, no incluía tomar decisiones de ningún tipo; solo transmitir velozmente la información a los altos mandos para que fueran ellos los que lo hicieran.
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Pero ese día, Petrov decidió no cumplir con su obligación.
Pasada la medianoche, un satélite soviético dio la alarma de ataque: había detectado un misil balístico intercontinental lanzado desde la base de Malmstrom, en Montana, EEUU, que en poco más de un cuarto de hora alcanzaría territorio ruso. No aparentaba una falsa alarma, porque escasos instantes después, el sistema de alerta detectó cuatro misiles intercontinentales más, dirigiéndose hacia la URSS.
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Lo cierto es que había razones para pensar en la posibilidad de un ataque nuclear real, dado el elevado nivel de tensión diplomática entre ambos bloques en aquel instante concreto de la cronica.
Inclusive agentes de la KGB infiltrados en EEUU habían informado en semanas precedentes de la posible preparación de un primer ataque norteamericano.
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Todo aparentaba encajar pues: esos misiles indicaban el inicio de un ataque nuclear y la Unión Soviética debía contestar sin dilación.
Transmitir esa valiosa información a sus superiores de figura inmediata era el “sagrado deber” de Stanislav Petrov. Cada segundo era determinante.
Pero en ese instante crucial, Petrov ignoró los protocolos y las normas que determinaban su función como pieza de la gran maquinaria del Sistema.
Con toda tranquilidad decidió esperar unos minutos, convencido de que el sistema de alerta temprana se estaba equivocando y por lo tanto, ocultó la información a sus superiores, e impidió con ello, que pudieran tomar la decisión fatal de contraatacar a los EEUU.
Escasos minutos después, se reveló que, efectivamente, era una falsa alarma, causada por un error técnico de los satélites soviéticos.
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El planeta había estado al borde del holocausto nuclear y de la destrucción absoluta.
Tal incidente es conocido como “El incidente del equinoccio de otoño”.
Puede parecer inverosimil, pero si actualmente te asomas a la ventana, todo lo que veas seguramente esté ahí debido a ese hombre desconocido llamado Stanislav Petrov.
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Lo cierto es que Petrov no era un rebelde indisciplinado.
Era un teniente coronel entrenado para integrarse en una cadena de mando, para obedecer órdenes y dar la vida por su patria y debido a ello había alcanzado un cargo de responsabilidad dentro del organigrama soviético.
Era pues, una pieza bien engrasada y una mente perfectamente programada para servir al Sistema.
Si hubiera seguido esa programación inculcada en su mente, si hubiera seguido las reglas y los protocolos adecuados, si hubiera cumplido con su “obligación” y su “sagrado deber” tal y como le habían ordenado hacer, actualmente, quizá, no estaríamos vivos.
en cambio, en el instante crítico, siguió únicamente los dictados de su conciencia, su propio criterio y su intuición. Dejó de actuar como una pieza más de la maquinaria y decidió ser un individuo libre que solo se escuchaba a sí mismo, y con ello salvó a toda la sociedad.
Y el suyo no es un suceso único.

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Vasili Arkhipov

Hay más ejemplos parecidas conocidos, como el de Vasili Arkhipov, que durante la célebre Crisis de los Misiles de Cuba en 1962 y siendo segundo al mando del submarino soviético B-59, cuando éste estaba siendo atacado con cargas de profundidad por destructores norteamericanos, consiguió impedir, en contra de los designios de su capitán, el lanzamiento de un torpedo nuclear que habría iniciado una más que posible guerra nuclear entre EEUU y la URSS.

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La intervención de Vasili Arkhipov en el submarino B-59 sirvió de inspiración para la película norteamericana Marea Roja (Crimson Tide), protagonizada por Gene Hackman y Denzel Washington

Estos sucesos nos proponen una serie de lecciones valiosas y altamente significativas:
La paradoja del progreso
El progreso de la sociedad se sustenta en la acumulación de esfuerzos y sacrificios continuados, realizados por centenares de millones de personas a lo largo de la cronica. Es como un inmenso edificio en el que cada individuo que ha hollado este mundo en el pasado, ha depositado su pequeño granito de arena para levantarlo. Un edificio erigido con la suma de todos los tiempos de vida de las personas que han vivido incluso actualmente.
Y tras tantos centenares de millones de años invertidos, resulta que un solo hombre, escuchando su propia voz interior y con un solo minuto para juzgar, ha tenido en sus manos la decisión de destruirlo todo para siempre.
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Algo no funciona bien en el planeta que hemos creado.
Por lo observado, hemos erigido un inmenso y deslumbrante rascacielos, es cierto…pero lo hemos levantado al borde de un precipicio.
Es un rascacielos que se tambalea y que, llegado el instante, puede depender de los equilibrios de un solo individuo, que nadie nos garantiza que no vaya borracho…¿para eso hemos sacrificado una cantidad tan enorme de vidas y de tiempo?
¿Podemos decir que hemos progresado verdaderamente si la obra construida durante tanto tiempo por tantas personas acaba dependiendo, al final, de las decisiones apresuradas tomadas por una cantidad tan reducida de individuos?
Como mínimo tendriamos que reflexionar sobre ello…
La gloria inmerecida
¿Cuántos habíais oído hablar de Stanislav Petrov o de Vasili Arkhipov?
En cambio habéis oído hablar de Ronald Reagan, Nikita Jrushchov, Fidel Castro o John Fitzgerald Kennedy. Todos ellos, con sus decisiones, nos llevaron al borde del abismo en su instante y incluso así la cronica escribe sus nombres con letras de oro.
Varios inclusive han sido considerados salvadores de la sociedad y se han hecho películas en su honor.
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Pero por demasiado que varios se empeñen en vendérnoslo así, Kennedy o Jrushchov no nos salvaron en “la crisis de los misiles cubanos”.
De hecho, ellos crearon esa crisis.
Fueron individuos desconocidos por la mayoría, como Arkhipov o Petrov los que nos salvaron, hombres encerrados en búnkeres y submarinos a los que habían sido arrastrados por tan “gloriosos gobernantes”.

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Submarino Soviético B-59

Son ellos los que merecen los monumentos y la gloria por haber tenido un atisbo de lucidez en el instante más crítico.
Pero en el fondo, el Sistema los odia.
Esos individuos programados para obedecer, enfundados en ridículos uniformes para transformarse en robots obedientes, escucharon, en el último instante, la voz de su conciencia individual.
Traicionaron al Sistema que tanto “esfuerzo” había invertido en ellos para convertirlos en piezas de la máquina.
Por eso han sido borrados de la cronica y sus nombres no salen en los libros.
La gloria está reservada para los grandes criminales.
A los héroes individuales se les premia con el olvido.

El Hombre vs la Máquina
Pero si hay una lección valiosa que podemos extraer de estos sucesos, es la constatación de que la conciencia de un solo individuo es infinitamente más valiosa que todo el Sistema en su montón.
Patrias, leyes, normas, reglas, protocolos, deber, creencias, ideologías, jerarquías…todos ellos son componentes de una maquinaria ciega e inconsciente que nos ha llevado ya varias veces al borde de la aniquilación.
Una máquina que de no haber sido acallada en su instante por la voz de individuos conscientes, ya lo habría destruido todo.
En verdad, en eso reside el heroísmo de personas como Petrov o Arkhipov.
En ese instante crucial, en el interior de sus mentes se produjo un enfrentamiento entre las creencias que les habían sido inculcadas y su propia voz interior, reclamando el poder natural que le correspondía.
Y afortunadamente, experimentaron un fugaz instante de lucidez que nos salvó a todos.

Quizá, ni ellos mismos son conscientes de que eso sucediera de esta forma.
Esto nos prueba que si un vasto computador, programado con los principios del Sistema, gobernara el planeta y tomara todas las decisiones siguiendo las leyes, las normas y los protocolos “correctos”, el mundo entero ya habría sido devastado.
Nos prueba que como más débil sea la conciencia individual, más cerca estaremos del desastre.
Así pues, si llegado el instante debes elegir entre seguir los dictados de tu conciencia o lo que dictan las normas del Sistema, ¿qué camino escogerás?

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