OVNIs, uranio y el encuentro de un piloto

ovnis uranio y el encuentro de un piloto
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OVNIs, uranio y el encuentro de un piloto

OVNIs, uranio y el encuentro de un piloto

En 1915, un hombre llamado Robert Rich Sharp descubrió una enorme veta de uranio en un yacimiento en la ciudad de Shinkolobwe, en el Congo. Y «enorme» apenas cumple con los condiciones: Edgar Sengier, el jefe belga de la empresa minera Union Miniere du Haut Katanga, aseguró nada menos que 4.200 toneladas de uranio de la veta intensa que se extendió por más de 400 kilómetros. Tal era la calidad del uranio, que se usó ampliamente en el Plan Manhattan del Gobierno de los Estados Unidos para desarrollar la bomba atómica, en el apogeo de la Segunda Guerra Mundial. Supervisando la producción de uranio en Oak Ridge, Tennessee, estuvo el General de División Kenneth Nichols. Manifestó de los depósitos de uranio en el Congo belga:

“Nuestra mejor fuente, la mina Shinkolobwe, representó un fenómeno extraño en la naturaleza. Contenía una tremendamente rica capa de uranio. Jamás se ha hallado nada comparable. El mineral que ya estaba en los Estados Unidos contenía 65 por ciento de U308, mientras que la plataforma encima del suelo en el Congo ascendió a mil toneladas de 65 por ciento de mineral, y las pilas de desechos de mineral contenían dos mil toneladas de 20 por ciento de U308. Para ilustrar la singularidad de las reservas de Sengier, después de la guerra, el MED y la AEC consideraron un mineral que contenía tres décimas del 1 por ciento como un buen hallazgo. «Sin la previsión de Sengier de almacenar mineral en los Estados Unidos y en la superficie en África, sencillamente no tendríamos las cantidades de uranio necesarias para justificar la construcción de las grandes plantas de separación y los reactores de plutonio».

Todo lo cual nos lleva a 1952, la CIA, y los platillos voladores. Un escrito de la CIA del 16 de agosto de 1952 revela lo siguiente, tomado de un informe de los medios de comunicación: «Hace poco, se avistaron dos discos de fuego sobre las minas de uranio ubicadas en la parte sur del Congo belga en el distrito de Elizabethville, al este del río Luapula que conecta los lagos Meru y Bangweolo. Los discos se deslizaban en curvas elegantes y cambiaban de posición gran cantidad veces, de modo que desde abajo aparecían a veces como placas, óvalos y sencillamente líneas. De repente, ambos discos flotaron en un lugar y despues despegaron en un vuelo en zigzag único hacia el noreste. Un sonido penetrante de silbidos y zumbidos era audible para los observadores de abajo. Toda la actuación duró de 10 a 12 minutos».

La cronica continuó que un Comandante Pierre, que operaba desde una pista de aterrizaje proxima llamada Elizabethville, y a cuya atención se había llevado la presencia de los OVNI, corrió a su avión de combate y pronto estuvo en los cielos, en una persecución. Increíblemente, Pierre en verdad logró acercarse a una de las naves, a cerca de 120 metros. En una situación tan peligrosa y proxima, Pierre pudo ver bien el objeto que tenía delante. Tenía, manifestó, en algún lugar entre doce y quince metros de diámetro, con figura de «disco» y color similar al aluminio. Tenía un «núcleo interno» que permanecía totalmente inmóvil, mientras que su borde exterior estaba en llamas y girando, algo que llevó al comandante a concluir que el OVNI debía haber tenido una velocidad de rotación enorme.

Los movimientos de los OVNIs dejaron en claro a Pierre que lo que estaba viendo no era un prototipo de avión incognito: viajaban tanto horizontal como verticalmente, su elevación iba de 800 a 1.000 metros en apenas uno o dos segundos, y, en un instante dado, inclusive drásticamente cayó a alturas de apenas sesenta pies por encima de los árboles que rodean la mina. Debido a los efectos devastadores de las increíbles fuerzas G que habrían tenido tales movimientos en un piloto, Pierre solo pudo llegar a la conclusión de que los vehículos eran volados a separación, por quien no tenía idea. La persecución llegó a su fin cuando, después de unos quince minutos, ambos OVNIs hicieron ruidos silbantes fuertes y repentinos, y lo que Pierre concluyó es que estaba a unos 1.500 kilómetros por hora y desaparecieron de la vista en un instante.

Fue un tema sensacional que jamás se resolvió.

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