La era de la oscuridad 

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La era de la oscuridad
10.468 – 3166 a. de C.

El investigador germano-boliviano Posnansky estima que Tiahuanaco fue destruida hacia 10.000 a. de C. Los geólogos hablan de tremendos cambios climáticos que podrían haber sido causados por una desviación del eje de la Tierra. La Era Neolítica, que se inicia hacia 5000 a. de C., contempló importantes innovaciones culturales y añadió una transformación económica que iba a tener grandes repercusiones: la transición a la agricultura y a los equipos económicos productivos. El hombre neolítico cultivaba cereales salvajes y criaba ovejas, cabras y cerdos. Grandes familias se establecieron en aldeas y posteriormente en pueblos fortificados.

 

Entre el octavo y el sexto milenio a. de C., Jericó es considerado como el estadio preliminar de las altas civilizaciones urbanas, aunque los egiptólogos sospechan de la existencia de una cultura incluso más antigua en el valle del Nilo. Los hallazgos arqueológicos en Eridu y en Uruk apuntan hacia las primeras construcciones sagradas. Es aquí donde se han encontrado las primeras tablillas de arcilla con inscripciones. La palabra y los signos fonéticos reemplazaron a la primitiva redacción pictográfica. En todas estas civilizaciones puede observarse una atención especial a los muertos. Varias inundaciones y erupciones volcánicas catastróficas, quizá hacia 3000 a. de C., son descritas en la Biblia como El Gran Diluvio.

 

América del Sur continúa siendo colonizada por oleadas de inmigrantes originarios de Asia.


El hundimiento del imperio 

Verdaderamente, los Blancos Bárbaros son una población poderoso. Gobiernan encima del firmamento y sobre la Tierra, y son al mismo tiempo pájaro, gusano y caballo. Piensan que están viendo la luz, mas en cambio viven en la oscuridad y son malvados. Y lo peor de todo es que se oponen a su propio Dios y se esfuerzan por llegar a ser Divinidades y por hacernos creer que ellos son los que gobiernan el planeta. Pero los Divinidades son más grandes y más poderosos que todos los Blancos Bárbaros juntos. Los Divinidades aun deciden quién de nosotros debe morir y cuándo.

 

Aun el Sol, la Tierra y el fuego les sirven a ellos anteriormente que a nadie. Porque los Divinidades no permiten que sus misterios les sean arrebatados. Dicen nuestros sacerdotes que un día enviarán un juicio que liberará a los Blancos Bárbaros del peso de sus errores. Vendrá una lluvia continua que eliminará la oscuridad de sus corazones. Las aguas se elevarán cada vez más y se llevarán su maldad y su codicia de llegar y de dinero.

 

Así sucedió ya en una ocasión hace miles de años. tal y como queda escrito en la crónica, con buenas palabras, con lenguaje claro:

Pasaron tres lunas, tres veces tres lunas. Por lo tanto las aguas se dividieron. La Tierra se tranquilizó nuevamente. Las corrientes de agua encontraron cursos distintos y se perdieron entre las colinas. Surgieron grandes montarías desafiaron al sol. Cuando los Servidores Escogidossalieron de las residencias subterráneas, la Tierra había cambiado. Grande era su tristeza.

 

Elevaron sus rostros hacia el firmamento. Sus ojos buscaron las llanuras y las colinas, los ríos y los lagos. Terrible era la verdad, horrible la destrucción. E Ina congregó al consejo de ancianos. Las Tribus Escogidas reunieron ofrendas: joyas, y miel de abejas, e incienso. Y las sacrificaron para hacer que los Divinidades regresaran a la Tierra. Pero el firmamento se mantuvo vacío. Había comenzado la era del Jaguar: el tiempo de la sangre en el que todo quedaría destruido. Así, pues, el contacto entre los Maestros A viejos y sus servidores había quedado cortado. Y una nueva vida se iniciaba.

Los años de sangre, el lapso entre el año 13 y el año 7315, son la era más terrible de la cronica de mi pueblo. La Crónica de Akakor no recoge sus sucesos. Durante miles de años, no hay anotación alguna. Los recuerdos orales son además pobres y están recorridos por misteriosas profecías.

Fue una era terrible. El jaguar salvaje se acercó y devoró la carne de los hombres. Quebrantó los huesos de los Servidores Escogidos. Rasgó las cabezas de sus servidores. La oscuridad se extendió por la Tierra.

Tras la primera Gran Apocalipsis, el imperio estaba en una situación desesperada. Las residencias subterráneas de los Maestros Viejos habían soportado los tremendos corrimientos de tierras y ninguna de las trece ciudades quedó destruida, pero demasiados de los pasadizos que unían las fronteras del imperio habían quedado bloqueados. Su luz enigmatica se había extinguido al igual que la de una vela apagada por el viento. Las veintiséis ciudades fueron destruidas por una tremenda inundación.

 

Los recintos religiosos sagrados de SalazereTiahuanaco y Manoa yacían en ruinas, destruidos por la furia terrible de los Divinidades. Los exploradores que habían sido enviados al exterior informaron a su vuelta de que tan sólo unas pocas de las Tribus Escogidas habían sobrevivido a la apocalipsis. Éstas, empujadas por el hambre, abandonaron sus viejos asentamientos y penetraron en la region de los Ugha Mongulala, sembrando a su paso la destrucción y la muerte. La desesperación, la angustia y la miseria se extendieron por todo el imperio. Estallaron violentas luchas sobre las últimas regiones fértiles. El dominio de las Tribus Escogidas estaba a punto de concluir.

Este fue el comienzo del ignominioso final del imperio. Los hombres habían perdido la razón. Se arrastraban por el país en todas las direcciones. Temblaban de miedo y de terror. Estaban abatidos. Su alma, confundido. Como animales, se atacaron los unos a los diferentes. Mataron a sus vecinos v comieron sus carnes. Indudablemente, los tiempos eran horribles.

El terrible período entre la primera y la segunda Gran Apocalipsis, desde 10.468 a. de C. incluso 3166 a. de C. según el calendario de los Blancos Bárbaros, puso a mi pueblo al borde de la extinción. Las Tribus Degeneradas, que con anterioridad a la primera Gran Apocalipsis habían sido aliadas de los Ugha Mongulala, fundaron sus propios imperios. Derrotaron a los ejércitos de los Ugha Mongulala y en nuestro año 4130 los empujaron incluso las puertas de Akakor.

Las tribus de los Degenerados formaron una alianza. Decían:

«¿Cómo podemos proceder con nuestros viejos gobernantes? Verdaderamente, aun son pode-rosos». De modo que se reunieron en consejo. «Tendámosles una emboscada. Los mataremos. ¿No somos grandes en número? ¿No somos más que suficientes para vencerlos?»

Y todas las tribus se armaron. Reunieron un numeroso ejército.

 

La vista no podía alcanzar a ver toda la enorme masa de sus guerreros. Deseaban conquistar Akakor. Marcharon en formación para matar a Urna, el príncipe. Mas los Servidores Escogidos se habían preparado. Esperaron en la cumbre de la montaña. El nombre de la montaña en la que esperaron era Akai. Todas las Tribus Escogidas se habían agrupado alrededor a Urna cuando los Degenerados se acercaron. Llegaron dando alaridos, con arcos y con flechas. Cantaban canciones de guerra. Aullaban y, con sus dedos, silbaban. Y así fue cómo asaltaron Akakor.

En este punto, la Crónica de Akakor se detiene. Cuentan nuestros sacerdotes que los Ugha Mongulala perdieron la batalla y que Urna fue asesinado. Los supervivientes se retiraron al interior de las residencias subterráneas. La derrota en Akai, la montaña del destino, representa llegar al punto más bajo de la desgracia de mi pueblo. Al igual que los Blancos Bárbaros, que se oponen a los Divinidades y se consideran a sí mismos por encima de toda ley, los Ugha Mongulala fueron cayendo progresivamente en la humillación. Confundidos por estos sucesos incomprensibles, empezaron a adorar los árboles y las rocas, y tambien a sacrificar animales y entes humanos. Y fue por lo tanto cuando cometieron el más vergonzoso crimen en los 10.000 años de cronica de mi pueblo.

Así es cómo sucedió:

Cuando Urna murió en la batalla contra las Tribus Degeneradas, el Sumo Sacerdote negó a su hijo Hanán la entrada en los recintos misterios de los Divinidades, lo desterró y usurpó su poder. Contra las leyes de los Divinidades y sin el debido respeto hacia los Padres Viejos, empezó a gobernar al pueblo de la apariencia que a él le pareció bien. Éste fue llegar al punto culminante de la era de la sangre, el período durante el cual el jaguar salvaje señoreaba por doquier.

¿Por qué sufrió mi pueblo estos crímenes? ¿Por qué toleraron los ancianos las fechorías del Sumo Sacerdote?

 

Tan sólo hay una única explicación. Tras la partida de los Divinidades, sólo algunas personas conocían la sabiduría de los Maestros Viejos. Los sacerdotes ya no transmitían su conocimiento. Enseñaban las verdades de los Padres Viejos únicamente a sus confidentes más próximos. Su poder se hizo cada vez mayor a medida que el legado sagrado desaparecía.

 

Pronto se sintieron culpables por sí solos de todo lo que ocurriera en la Tierra y en el firmamento. Durante miles de años, los sacerdotes reinaron omnipotentemente sobre los Ugha Mongulala. Eso es lo que dicen nuestros antepasados. Y debe ser verdad, porque sólo la verdad se conserva en la memoria de los hombres a través de los tiempos.


La segunda Gran Apocalipsis

Terrible es la cronica. Terrible la verdad. Los Servidores Escogidos aun estaban viviendo en las residencias subterráneas de los Divinidades. Centenares de años, miles de años. El legado sagrado había sido olvidado. Su redacción se había vuelto ilegible. Los servidores habían traicionado la alianza con sus Divinidades. Vivían por encima de toda norma, como los animales en el bosque. Caminaban en todas direcciones. Los crímenes eran cometidos a la luz del día. Y los Divinidades se sentían agraviados. Sus corazones se veían llenos de tristeza por la maldad de los hombres.

 

Y los Divinidades dijeron:

«Castigaremos al pueblo. Lo erradicaremos de la faz de la Tierra —al hombre y al ganado, a los gusanos y a los pájaros del firmamento— porque ha rechazado nuestro legado».

los Divinidades empezaron a destruir al pueblo. Enviaron una potente estrella cuya roja estela ocultó el firmamento. Y enviaron un fuego más reluciente que mil soles juntos. Había comenzado la gran sentencia. Durante trece lunas cayeron las lluvias. Crecieron las aguas de los océanos. Los ríos afluyeron hacia atrás. El Gran Río se transformó en un enorme lago. Y las villas fueron destruidos. Se ahogaron en la terrible inundación.

Los Ugha Mongulala sobrevivieron a la segunda Gran Apocalipsisen la cronica de la Sociedad. Refugiados en las residencias subterráneas de sus Maestros Viejos, observaron con terror la destrucción de la Tierra. Mientras que los Servidores Escogidos se sabían inocentes durante la primera Gran Apocalipsis, actualmente se acusaban los unos a los diferentes del segundo acontecimiento terrible. Estallaron las disputas y las luchas. En Akakor inferior se inició una guerra civil que habría llevado a mi pueblo a la extinción a no ser porque por lo tanto ocurrió un hecho que desde hacía tiempo había sido profetizado por los sacerdotes. Cuando mayor era la necesidad, los Maestros Viejos regresaron.

Y con su vuelta se inicia un nuevo capítulo en la cronica de los Ugha Mongulala, el segundo texto de la Crónica de Akakor. El primer texto concluye con las hazañas de Madus, un valeroso guerrero de los Ugha Mongulala quien, aun en los instantes más difíciles, no había perdido su fe en el legado de los Divinidades, tal y como está escrito en la crónica:

Madus se atrevió a tomar el camino que conducía a la superficie de la Tierra. Sin temer ni a la tormenta ni al agua, salió. Contempló con desolación el devastado país. No vio ni personas ni plantas, sólo varios animales y pájaros asustados que volaban sobre la infinita extensión de agua incluso que se cansaban y caían para ahogarse. Esto fue lo que Madus vio. Y al mismo tiempo se entristeció y se enojó.

 

Arrancó unos troncos de árboles del suelo inundado, recogió unas maderas a la deriva y construyó una balsa para ayudar a los animales. Cogió un par de cada: dos jaguares, dos serpientes, dos tapires, dos halcones. Y las aguas ascendientes empujaron su balsa cada vez más alto, montañas arriba, incluso la cuspide del Monte Akai, la montaña del destino de las Tribus Escogidas. Aquí Madus consintió que los animales se trasladaran a la Tierra y que los pájaros se elevaran en el aire.

 

Y cuando, después de trece lunas, las aguas retrocedieron de nuevo y el sol dispersó las nubes, regresó a Akakor e anunció del final de la terrible era de la sangre.

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