El humo radiactivo que las tabacaleras quisieron ocultar

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Un ensayo revela que la industria conoció durante décadas cómo eliminar compuestos radiactivos de los cigarrillos y no lo hizo porque disminuiría su poder adictivo En el contexto de sus investigaciones encima del asesinato de la reportero Anna Politkóvskaya, en 2006, el ex teniente coronel de la KGB Alexander Livtinenko fue envenenado con Polonio 210 (Po210), un metal radiactivo y cancerígeno del que se detectaron trazas en los zonas por los que pasó, entre diferentes el estadio de fútbol del Arsenal. La alarma social desatada por lo tanto sorprende a Rodrigo Córdoba, exportavoz del Comité Nacional de Prevención del Tabaquismo, «cuando en demasiados sucesos un asesino potencial [el humo de tabaco que incluye el Po210] abunda en los domicilios y, incluso hace poco, en los zonas públicos». En efecto, se calcula que un fumador de cajetilla y media diaria recibe una radiación equivalente a unas 300 radiografías de tórax al año. Según Robert N. Proctor, maestro de Cronica de la Ciencia en la Universidad de Stanford, «el tabaco es la provoca principal de exposición radiactiva en los entes humanos». unque escasamente conocido por el gran público debido a los esfuerzos de la industria tabaquera, los cigarrillos incluyen elementos radiactivos, como el Plomo 210 (Pb210) o el Po210, que contribuyen al desarrollo de cáncer de pulmón. Fueron Edward P. Radford y Vilma R. Hunt los que por primera vez describieron en 1964 en Science el hallazgo de Po210 emisor de partículas alfa (un tipo de radiación ionizante) en cigarrillos. Pero las tabaqueras lo supieron anteriormente, al lado con sus repercusiones sobre la salud, que estudiaron durante décadas. Una nueva revisión publicada en Nicotine & Tobacco Research asegura que empresas como Phillip Morris (PM) —fabricante de Marlboro, Chesterfield o L&M— o British American Tobacco (BAT) —Lucky Strike o Pall Mall— conocían su presencia desde 1959. Los expertos de la Universidad de California revisaron cuantiosos documentos de la industria de los más de 70 millones de folios que fueron desclasificados en 1998 a raíz del Tobacco Master Settlement Agreement, el acuerdo entre cuatro grandes tabaqueras y 46 estados de EEUU, por el que las primeras se comprometían a compensar económicamente los gastos sanitarios derivados del tabaquismo, a cambio de su exención de responsabilidad legal. Las tabaqueras conocían también su efecto carcinógeno, según los expertos. Así, aunque la cantidad por cigarrillo es demasiado más pequeña que la usada para matar a Livtinenko, esta radiación provoca anualmente alrededor al 13% de las muertes por cáncer de pulmón entre los fumadores habituales, según la propia industria, los autores de este ensayo y los datos de la Agencia de Protección Medioambiental estadounidense. Además, dado que un 50% del humo se libera al entorno, los fumadores pasivos también están expuestos a esa radiación. conforme con los expertos, desde 1980 se conocía el lavado ácido que, modificando el pH, elimina el Po210, pero la industria evitó utilizarlo porque disminuye también la capacidad adictiva de la nicotina. Según Proctor, diferentes cuatro técnicas han estado disponibles y tampoco se han utilizado. El subdirector de Investigación de la tabaquera R.J. Reynolds, Claude E. Teague, no podía ser más elocuente en un escrito de 1972: «Si aceptamos mansamente las denuncias de nuestros críticos y avanzamos hacia la reducción o eliminación de la nicotina, al final liquidará nuestro negocio. Si tenemos la intención de permanecer en el negocio, la fabricación y venta de formas de dosificación de nicotina, tenemos que defender nuestra posición». A través de la tierra
Las sustancias radiactivas están presentes «en todas las señales de cigarrillos disponibles», asegura el ensayo. «Es un inconveniente en todo el planeta», señala el doctor Hrayr Karagueuzian, investigador principal. Por un lado, los elementos radiactivos llegan al tabaco a través de la radiación emitida por la corteza terrestre. Las pequeñas cantidades de uranio presentes de figura natural en el suelo se desintegran en figura de radón-222 (Rn222), un gas radiactivo que es absorbido por el polvo y acaba depositándose y acumulándose en unas proyecciones pegajosas de las hojas de tabaco denominadas tricomas, formando complejos resinosos resistentes a la lluvia o el curado de las hojas. El Rn222 decae a su vez, dando lugar a partículas de Pb210 y Po210, que alcanzan en los tricomas concentraciones 10.000 veces más altas que en toda la planta. Por otro, por medio la absorción por las raíces de fertilizantes fosfatados, creados a partir de rocas sedimentarias de fosfato que contienen uranio, habituales en el cultivo de tabaco y diferentes productos agrícolas por favorecer grandes cosechas. Cuando un cigarrillo se quema, se evaporan estos compuestos que inhala el fumador. Según Armando Peruga, gerente de la Iniciativa Libre de Tabaco de la OMS, este organismo no establece recomendaciones específicas encima del Po210, aunque recomienda eliminar todas aquellas sustancias «tóxicas o adictivas». Por su parte, el Ministerio de Sanidad remite a la política común de Bruselas. Como asegura una portavoz del Comisariado de Investigación, Innovación y Ciencia de la UE, «en el presente, no hay límites para el polonio o uranio en los fertilizantes fosfatados». Dado que su gran mayoría se importa de países extracomunitarios (principalmente Marruecos), esta regulación «sólo tendría beneficios para el tabaco cultivado en la UE», mientras que la mayoría se produce fuera, explica. «En consecuencia», concluye, «la regulación de los productos radiactivos en el tabaco sería una medida más eficaz que la de los fertilizantes». en cambio, desde la Dirección General de Salud y Consumidores, encargada de la regulación del tabaco, se asegura que, aunque la Comisión Europea está revisando la vigente directiva sobre productos del tabaco, «no hay planes para regular la radiactividad absorbida por las hojas del tabaco». A cuestiones recientes de parlamentarios europeos, el comisario de Salud y Consumidores, John Dalli, respondió que como la principal toxicidad del tabaco se produce por la combustión de la hoja, «las restricciones de ciertos productos químicos tendrían un efecto limitado en la reducción de la toxicidad global». A esta contestación se aferra Phillip Morris para minimizar los riesgos y añadir que «durante décadas» ha buscado cómo «reducir los componentes dañinos del humo». BAT, por su parte, no ha respondido a las cuestiones de Público. Según Rafael García Tenorio, catedrático de la Universidad de Sevilla y vicedirector del Centro Nacional de Aceleradores del CSIC, dada la radiación natural, «quizá una lechuga tiene la misma» cantidad de elementos radiactivos que un cigarrillo. De hecho, es un argumento que usan las tabaqueras para justificar su inacción. Por lo tanto, ¿cuál es el inconveniente? Lo aclara Karagueuzian: «Es posible que diferentes productos agrícolas puedan contener partículas alfa. Pero en el humo del cigarrillo la partícula alfa figura un complejo con partículas insolubles que se atasca en las bifurcaciones bronquiales, donde queda retenida unos 120 días [dada la dificultad del pulmón para lavarlas], aumentando el riesgo de cáncer».

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