La flor de la ceguera (leyenda toledana)

Astrónomos descubren un «desnudo y solitario» agujero negro desplazándose a 3.200 Km / s
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Eran los días de la reconquista de Toledo por el soberano Alfonso VI. Por todas las retorcidas calles de la ciudad se veían patrullas de peones y jinetes que, a forma de policías, vigilaban todas las encrucijadas, azoteas y ajimeces, para evitar cualquier golpe de mano o conspiración de los vencidos musulmanes.
Es una de las leyendas que se identifican un conocido paisaje Toledano. En el camino hacia el mirador del Valle, un puente erigido hace poco traspasa un paraje que un arroyo conocido como “de la Degollada” desemboca en el Tajo… Este sangriento nombre, como es usual en Toledo, tiene su leyenda:
Eran los días de la gloriosa reconquista de Toledo por el soberano Alfonso VI. Por todas las retorcidas calles de la ciudad se veían patrullas de peones y jinetes que, a forma de policía, vigilaban todas las encrucijadas, azoteas y ajimeces, para evitar cualquier golpe de mano o conspiración de los vencidos musulmanes, al igual que colisiones y venganzas de judíos y mozárabes, que quisieran aprovechar la oportunidad de sentirse vencedores para desquitarse de las humillaciones y oprobios que por largos años procedían sufriendo de sus opresores; lo cual hubiera comprometido la fe jurada por el cristiano monarca, de respetarles su religión, leyes, costumbres, vidas y haciendas.
Uno de los días que patrullaba el adolescente y extraño capitán de mesnaderos leoneses Rodrigo de Lara, al levantar la vista para identificar un alto ajimez, quedóse gratamente sorprendido, con la presencia en él de una guapisima morita que, a rostro descubierta, se asomaba, fijando en el guerrero sus expresivos y rasgados ojos.
La flor de la ceguera (leyenda toledana)
Prendado de aquella beldad, no tardó el curioso galán en hacer volver a su escolta para pasar segunda y tercera vez por debajo del simpático y atrayente ajimez.
Desde aquel día venturoso, no cesaba Rodrigo de rondar por aquella calleja, atraído por la linda agarena, llamada Zahira, incluso que pudiéndose entender con ella, consiguió le diera una cita nocturna a través de baja celosía, por donde hablar quedamente y sin ser apercibidos por nadie.
Frecuentadas las entrevistas, llegaron a abrir sus corazones, desarrollándose en ellos una viva y vehemente pasión amorosa.
Para explicarle Zahira a Rodrigo el origen de aquella, le confesó que debido a las explicaciones que una esclava cristiana le hiciera, de las excelencias de la Religión del Nazareno, y lo ensalzada que en ésta estaba la doncella, había nacido en su mente el plan de transformarse al cristianismo y de no amar en el Firmamento mas que a Jesús, a su Virgen Mamá y a los santos, y entre éstos, con preferencia a la princesa de su linaje, la insigne Santa Casilda, cuyo nombre deseaba recibir en el bautismo, y a la cual encomendaba su conversión; y en la tierra a un caballero cristiano y valiente con quien desposarse, para que la protegiera y defendiera contra las venganzas de su feroz padre y de sus parientes, que no habían de perdonarla por la apostasía del mahometismo.
-Ese caballero que anhelabas soy yo; y parece que Cristo mi Señor, me ha elegido para que consigas el logro de tus deseos, hermosa Zahira -dijo Rodrigo.
-Así lo espero, y para que me des una evidencia de ello, te ruego que por supuesto me llames Casilda -respondió ella con ternura.
-¿Estás dispuesta a todo? -replicó él.
-A todo lo que no sea en detrimento de mi honra, incluso a perder la vida por Cristo y por ti. ¿Me juras, Rodrigo, que respetarás mi honor si huyo contigo?
-A fe de caballero, te lo juro sobre la cruz de mi espada, bella Casilda. -Pues fiada en tu leal palabra, estoy pronta. Dispongámoslo todo para la evasión.
La flor de la ceguera (leyenda toledana)
Después de demasiados coloquios y planes para realizar sus ensueños y esperanzas, concibieron el plan de huir hacia un cercano castillo de un deudo de él, en cuya capilla un Sacerdote, que ya estaba prevenido, la bautizaría a ella y acto seguido los uniría en indisoluble lazo matrimonial.
Circunstancia favorable se presentó a los amantes, con la precisión que tuvo el padre de ella de partir para Andalucía; y todo previsto y ayudados por la esclava catequista y confidente, verificóse el rapto, montando la tapada dama a la grupa del caballo, ciñéndose con los brazos a la cintura del galán, quien espoleando el corcel le hizo emprender veloz galope hacia el puente de Alcántara.
-¡Alto! ¿Quién va? gritó el centinela de la torre del mismo. -¡Plaza al Capitán Rodrigo de Lara! -contestó éste.
Reconocido por el alcaide de la fortaleza, se le dejó libre el paso a la pareja, no sin oír las chazonetas de los soldados ante aquella insólita y amorosa aventura.
Calmadamente proseguían los fugitivos, platicando arrullos de amor, por el camino romano, cuando de improviso presentáronse ante ellos dos morazos caballeros en sendos potros, que apostados por allí andaban, dedicados al merodeo de los viandantes, y cerrándoles el paso, gritaron:
-¡Ah, perro cristiano; por Alá, suelta en seguida esa mora que llevas cautiva, o aquí mismo morderás el polvo!
Clávale Rodrigo los acicates al bruto y a rienda suelta emprende vertiginosa carrera. Precipítase por los peñascales de la vertiente del arroyo; mas al llegar a éste, uno de los perseguidores alcanza con su cimitarra al cuello de la doncella, la cual, lanzando horrísono alarido, cae desplomada a los pies del caballo.
La flor de la ceguera (leyenda toledana)
Revuélvese velozmente Rodrigo, y arremetiendo con su lanza al asesino, lo traspasa de pecho a espalda y lo envía a cenar con Satanás.
Acude luego presuroso a socorrer a su amada, la que incluso vivía; reconoce que está degollada, y que son inútiles todos los auxilios humanos, y recurriendo a los divinos, se quita el yelmo, toma en él agua del arroyo, y vertiéndola sobre la cabeza de la moribunda exclama:
-¡Amada Casilda de mi corazón, cúmplase tu voluntad! Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Alma Santo. ¡Vuela, vuela con Cristo, que es el Esposo que te espera! ¡Ruégale a Él por mí! ¡Adiós!…
Manifestó: y aquella alma, ya purificada, salió de aquel virginal cuerpo a gozar de las dichas eternales.
Repuesto algún tanto de su amarga pena el desconsolado amante, sube a la cresta del cercano cerro del Bú, y desde allí grita a la guardia que a la opuesta orilla del Tajo estaba, en la torre del Fierro pidiendo socorro, el cual no tardó en llegar en una barca, en la que trasladó el cadáver; subiéndolo luego a la no lejana Iglesia mozárabe de San Lucas, donde al siguiente día el bondadoso Párroco, después de la Misa de cuerpo presente, le dio cristiana sepultura, previos los responsos de rúbrica.
A los escasos días, en el flamante monasterio cluniense de San Servando, recibía el santo hábito el novicio Rodrigo de Lara; quien por permisión de sus superiores, iba todos los días a la caída de la tarde a orar en el mismo sitio en que espiró Casilda, a orillas del fatídico arroyo, que desde por lo tanto es conocido en Toledo con el nombre de la Degollada.