Neurodoom: nuestro cerebro no puede procesar amenazas como el calentamiento global.

neurodoom nuestro cerebro no puede procesar amenazas como el calentamiento global
neurodoom nuestro cerebro no puede procesar amenazas como el calentamiento global
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Neurodoom: nuestro cerebro no puede procesar amenazas como el calentamiento global.

Una imagen muy difundida para aclarar la urgencia de tomar cartas a respecto del calentamiento global es la de la langosta que descansa plácidamente al fondo de una olla de agua en ebullición: cuando esta hierve ya es muy tarde para huir. Esta imagen (además de una figura pésima de preparar langosta) sirve para ilustrar una incapacidad biológica, sostenida con fuentes neurológicas, para reaccionar a los acontecimientos geológicos que atentan contra la supervivencia humana.

Al igual que ocurre con la lenta devaluación del peso mexicano, el calentamiento global produce desidia en el público general, más que un llamado a la acción. Esta desidia e veces se sostiene en el presupuesto de que los demás no hacen «su parte», lo que nos exime de hacer la nuestra; además se sostiene en que muy quizá no haya demasiado que hacer frente a los acontecimientos geológicos de esta magnitud: después de todo el mundo es un ser vivo que ha cambiado y seguirá cambiando, anteriormente y después de la aparición de los humanos.

Daniel Gilbert, maestro de psicología en Harvard, ha mencionado que «nuestro cerebro es esencialmente una máquina de contestación inmediata. Es por eso que podemos esquivar una pelota de baseball en milisegundos», pero no tomamos en serio una amenaza que no nos concierne directamente, como la desertización de los bosques o la acidificación de los mares, puesto que son nuestros nietos o bisnietos quienes tendrán que enfrentar el inconveniente.

El además maestro de psicología y administración de Columbia, Elke Weber, opina que «en cierto sentido, es injusto esperar que la gente, homo sapiens, realice este tipo de monitoreo, este tipo de tomas de decisión, porque no estamos programados para realizarlas.» Es la misma lógica por la que demasiados de nosotros elegiríamos un placer pequeño pero inmediato en lugar de uno grande pero postergado.

Aunque el ser humano tiene apenas unos 10,000 años de cronica como especie (y varios más anteriormente de la cronica), inclusive la amenaza del calentamiento global es muy nueva: no tenemos ni 20 años de haber sido advertidos de forma urgente y espectacular por el documental de Al Gore, Una verdad incómoda sobre de los efectos del uso de hidrocarburos en el medio ambiente. Aunque nuestro ADN tenga la misma base, los humanos alrededor del planeta nos auto-clasificamos como negros, blancos, japoneses, mexicanos, de derecha o de izquierda –es decir, somos todo menos una «especie» homogénea, cuidando los mejores intereses para nosotros mismos.

En diferentes palabras, a nuestra programación deficiente para contestar globalmente a un inconveniente, se suma nuestra deficiente organización social, lo que históricamente pudo haber ayudado al deterioro de sociedades desde el Imperio Romano incluso los mayas. No es talento ni inteligencia lo que nos falta, sino aceptar el hecho de que cada uno, como individuo, debe aceptar voluntariamente una cuota de responsabilidad por su propio derecho a la vida. La revista Nature lo explica de este modo:

«La evolución [según Gore] nos ha entrenado para contestar rápida y visceralmente a las amenazas. Pero cuando los humanos somos confrontados con ‘una amenaza a la existencia de la civilización que sólo puede ser percibida en lo abstracto’, no lo hacemos tan bien. Citando investigaciones de resonancia magnética, él manifestó que la conexión entre la amigdala, la cual explica como el centro de manejor de urgencias del cerebro, con el neocortex, es una calle de un sólo sentido: las emergencias emocionales pueden desencadenar el razonamiento, pero no al revés.»

Según Weber, «el auto-control es un enorme inconveniente para la gente, ya se trate de lo que comemos o del ahorro para el retiro», lo cual es un ejemplo muy concreto de cómo somos incapaces de pensar nuestra supervivencia, inclusive la individual, en términos más allá de lo inmediato. Tal vez un camino para localizar soluciones al calentamiento global sea enseñarnos a nosotros mismos a prepararnos para el futuro –no el «mañana», sino el pasado mañana, el día después de mañana, ese que escapa a la lógica inmediata de la previsión. Sólo así podremos utilizar los recursos de la empatía para entender que nuestras acciones en el planeta tienen consecuencias para los que aun no llegan.

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