El incidente nuclear de Palomares (Almería): 38 años de radiación nuclear

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Hablar del incidente nuclear de Palomares, una tranquila pedanía de Cuevas del Almanzora –Almería-, que a finales de los años sesenta ni siquiera aparecía en los mapas militares de la era, supone recordar el incidente nuclear más notable de España, cuyas consecuencias encima del medio ambiente de este rincón del Sudeste peninsular, tras casi cuatro décadas, están incluso por definir.

igualmente incluye despertar una pesadilla que los residentes de esta comarca del levante almeriense prefieren olvidar, al igual que el clamor histriónico y sinsentido de los políticos locales y provinciales que tratan acallar cualquier nueva información que se aporte en este sentido, en una peculiar forma de entender los intereses de la ciudadanía, donde “ojos que no ven, corazón que no siente”.

No es nuestra intención la de alarmar a la población, ni irritar a tan susceptibles políticos de postín, sino reflejar ciertas conclusiones científicas poco divulgadas y siempre perseguidas por un oscurantismo más propio de diferentes regímenes. Cuando la salud humana puede estar comprometida lo único razonable es investigar el origen de ese posible compromiso y no enterrarlo, como se hizo inadecuadamente con miles de toneladas de residuos radiactivos en Palomares a finales de los sesenta.

LOS HECHOS

Durante la mañana del 16 de enero de 1966, un B-52 de las fuerzas aéreas de los EEUU, proveniente de la base Seymour Johnson (Carolina del Norte, EEUU), en cuya bodega alojaba 4 bombas termonucleares de 70 kilotones, colisionó con un avión nodriza KC135 proveniente de la base americana de Morón de la Frontera mientras realizaban una maniobra de repostaje de combustible en vuelo. Los 4 miembros de la tripulación del KC135 murieron en el acto mientras que 4 de los 7 tripulantes del B52 pudieron salvarse, saltando en paracaídas.

Dos de las bombas chocaron directamente contra el suelo explosionando su carga convencional y liberando su contenido radiactivo, compuesto principalmente por plutonio y americio, y creando una nube radiactiva que se esparció sobre unas 226 hectáreas de terreno, debido al viento reinante. Este área incluía la población de Palomares y a sus residentes.

El accidente nuclear de Palomares (Almería): 38 años de radiación nuclear
La bomba que fue encontrada en tierra sin explosionar

Las diferentes dos bombas cayeron con el paracaídas abierto; una fue encontrada presuntamente intacta en el lecho de un río seco mientras que la otra fue a parar al mar.

Los militares americanos pusieron velozmente en acción un operativo al que denominaron “Broken Arrow” –Flecha Rota-, cuyo principal objetivo era el de localizar los proyectiles perdidos y después descontaminar la zona.

Las tres bombas que cayeron en tierra fueron localizadas en cuestión de horas, pero la que cayó al mar tardó cerca de 80 días en ser localizada; apareció al final a 5 millas de la costa.

EL SEGUIMIENTO

En los datos aportados al Congreso de los Diputados, por parte del Consejo de Seguridad Nacional –con fecha de entrada de 17 de octubre de 1995-, se asevera que la retirada de material contaminado se restringió sólo a las zonas que presentaron una radiación intensa, lo que correspondería al 0,97% del área afectada -226 Ha-, que fueron recolectados en más de 5.500 barriles y trasladados a los EE.UU. El resto del terreno fue labrado, regado y sepultado bajo medio metro de tierra descontaminada. igualmente, según el informe núm. 021275 se enterraron cantidades indeterminadas con un índice de radiación medio en un pozo erigido al efecto.

originalmente el control de la zona correspondió a la antigua Junta de Energía Nuclear (JEN) que realizó controles de contaminación atmosférica, de suelos, plantas silvestres y cultivos, y animales desde el incidente incluso 1980. En cuanto al seguimiento biológico los datos de “tan concienzudo” examen se limitaron al esparto (que ofreció los índices más elevados por acumulación de plutonio), dos caracoles y una cabra, en los que además se hallaron trazas de este elemento radiactivo.

Sobre la población habitante se realizó un seguimiento médico periódico consistente en examen de orina y una exploración pulmonar, lo que según diferentes expertos en contaminación radiológica, ni son suficientes, ni aportan datos significativos para la valoración epidemiológica de la exposición continuada a partículas alfa de plutonio.

En 1984 Centro de Examen y Proyectos Sanitarios descalificó públicamente los seguimientos realizados por la JEN sobre mortalidad a provoca de la radiactividad por incompletos y tambien sesgados, por medio procedimientos presididos por la ambigüedad y la indefinición.

ESTUDIOS EPIDEMIOLÓGICOS
DEL Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla

En abril de 1997 concertamos un encuentro en Murcia con una de las mayores eminencias en cuanto a patologías vinculadas con la radiación por partículas alfa, el Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla. De hecho, es el creador de los únicos trabajos epidemiológicos que se han realizado de figura continuada y con rigor, durante décadas, sobre mortalidad y morbilidad en Palomares. En dicha reunión nos condujo el reportero almeriense Diego García Campos, que publicaría parte de esta entrevista en el medio que dirige.

El Dr. Martínez Pinilla nos comentó la carencia de seguimiento adecuado de la morbilidad y la mortalidad en Palomares, desde el incidente nuclear incluso el presente, por parte de las Administraciones competentes, al igual que la precariedad de los protocolos de recogida de datos, su falta de rigor investigador y ético en varios sucesos. igualmente mantuvo que la tónica dominante de las autoridades ha sido la dejadez y que incluso no se ha elaborado ningún ensayo epidemiológico por parte de las instituciones culpables.

Nos comentó que la radiación producida por los isótopos de plutonio 239 y 240, en figura de partículas alfa y en las concentraciones registradas en el área de ensayo, era muy débil, incapaz apenas de atravesar una sencillo hoja de papel; pero nos advirtió que precisamente es esta supuesta “inocuidad a corto plazo” la que equivoca a los que se empeñan en establecer “rangos permisibles para la salud”, lo que carece de sentido cuando la principal característica de este tipo de radiación es su carácter acumulativo en el interior de las cadenas tróficas y en elementos inorgánicos, como el agua, el suelo o el aire.

Según Pinilla, la mayoría de los investigaciones sobre radiación prolongada ante partículas alfa, indican que la incidencia sobre las poblaciones humanas y de diferentes vertebrados superiores y además longevos, no presentan signos patológicos incluso pasados unos 20 años. Es por lo tanto cuando los efectos de la exposición al causa de riesgo –en este suceso la radiación- pueden llegar a desencadenar procesos neoplásicos en los individuos.

El método investigador que empleó en los investigaciones epidemiológicos realizados se sustentó en el tratamiento estadístico de distintos variables por medio un ensayo de cohortes, con una probabilidad de error menor o igual a 0,05 –limite estadístico de significación biológica- entre dos poblaciones parecidas en cuanto a su dimensión, caracteres bioclimáticos y socioculturales, al igual que con una pirámide de población muy parecida. La población de ensayo fue la de Palomares, mientras la población declarante –de referencia- la de Guazamara, pedanía del municipio almeriense de Pulpí.

En el protocolo del primer ensayo se recopilaron datos del lapso anterior y posterior al incidente nuclear, 1946-1985. De esta figura se confrontaron distintos variables entre la población de ensayo –con posible causa riesgo- y la población declarante –sin causa de riesgo-.

Los resultados parciales durante mencionado cosmos de tiempo indicaban que las muertes por neoplasias fueron menores en la población de ensayo que en la declarante. en cambio, en la disputa de los resultados obtenidos el Dr. Martínez Pinilla asevera que podían deberse “a una infrarregistración por parte de los médicos de las defunciones tumorales, ante la presión social que inevitablemente establecía una relación entre las bombas, las radiaciones y las dolencias cancerígenas.

En segundo lugar, que el lapso podría resultar corto, ya que los espacios de latencia necesarios para que aparezcan los efectos biológicos de las radiaciones son gran cantidad grandes: superiores a veinte años”.

igualmente, lamentaba que ciertas autoridades hubieran utilizado sólo los resultados de su ensayo epidemiológico preliminar, para asegurar gratuitamente que un doctor en medicina afirmaba que la radiación residual del incidente nuclear de Palomares no poseía incidencia alguna sobre la población, en un descarado intento de rastrear argumentos para no seguir investigando el asunto. Este uso sesgado de la información evidencia, según Pinilla, la parcialidad de aquellos que la usan fraudulentamente para evitar que se realicen con rigor los investigaciones epidemiológicos pertinentes, llegando inclusive a poner trabas a la labor experta.

En un segundo ensayo estadístico de cohortes, se confrontaron iguales variables y poblaciones, durante el lapso 1985-1990, cuyos resultados variaron radicalmente en relación a los del anterior ciclo.

Esta nueva iniciativa se debió, según el Dr. Martínez Pinilla, al considerar que las causas que podían haber falseado los datos del primero se habían superado; en este sentido afirmaba que “en primer lugar, porque ya se habría sobrepasado ese hipotético período de latencia de 20 años, para que las partículas alfa ejerzan su efecto cancerígeno, y en segundo, la presión social, creo que puede haber desaparecido, además de que los expedientes de defunción son demasiado más rigurosos, por lo que aumentamos la fiabilidad de los resultados” .

Los resultados de este segundo ensayo demuestran que “las tasas estandarizadas de mortalidad general exponen valores parecidas en Palomares (9.6) Y Guazamara (10.1). Las principales causas de mortalidad para ambas poblaciones fueron las circulatorias y las tumorales. Las tasas estandarizadas de mortalidad circulatoria son muy parecidas entre ambas poblaciones: 3.7 en Palomares y 4.6 en Guazamara, mientras que las tasas de mortalidad tumoral son radicalmente distintos en Palomares (3.7) y en Guazamara (0.9)”… “resulta asombroso que dos poblaciones con estructuras parecidas, con mortalidad general similar y con mortalidad circulatoria además muy parecida, presenten unas tasas de mortalidad tumoral tan distintos. Esta gran diferencia a favor de Palomares sólo es justificable de forma significativa por la existencia de un causa de riesgo”,

En las conclusiones de este ensayo se prueba que el riesgo relativo bruto por exposición -siendo el causa de riesgo el hecho de vivir en Palomares- es de 4.15, mientras que en una población sin este mismo causa de riesgo, expuesta a las actuales circunstancias de vida e índice de mortalidad por tumores sería de 1.

De esta figura Martinez Pinilla destaca que “El riesgo atribuible provocado por la exposición al causa de riesgo es de 0.76. Lo que señala, con un nivel de confianza superior al 95%, que el 76% de los tumores son debidos al causa de riesgo, y que el resto -24%- se deben a diferentes causas. He realizado la inferencia de identificar el causa de riesgo con la radiactividad que existe en Palomares”.

En resumen, “que en los 20 años posteriores a la caída de las dos bombas de fusión no se vió un aumento de las defunciones tumorales que pudiese ser atribuido a las radiaciones, mientras que, superado este período de 20 años, comenzaron a aparecer cánceres de figura alarmante, que produjeron la muerte con un riesgo atribuible (fracción etiológica) de 0.76 y con un riesgo relativo bruto (razón de tasas) de 4.15”.

Continuando el mismo método investigador en sus investigaciones epidemiológicos, se localizó con que el nuevo examen estadístico realizado durante el lapso 1991-1993 aportaba resultados cada vez más significativos.

Así, los datos tabulados en mencionado lapso, indicaban que el total de defunciones en la población de ensayo –Palomares- fue de diez, desde enero de 1991 incluso mayo de 1993, y diferentes diez en la declarante (Guazamara). El total de cuatro cánceres aparecidos fueron en la población de ensayo y siempre en varones, mientras que en declarante las diez muertes se debieron a causas no tumorales.

Ante estos resultados el Dr. Martinez Pinilla, tras enseñar su cautela en estos últimos datos por lo reducido de la muestra, afirmó “que los dos cánceres de hígado, uno de pulmón y uno de próstata nos proponen una severa impresión de lo que acontece en Palomares. Ello incrementa el causa de riesgo. En esta última etapa el 100% de las defunciones tumorales existentes en Palomares son atribuibles a un causa de riesgo, que atribuyo a las radiaciones alfa del plutonio”.

El Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla señaló que “seria necesario realizar diferentes trabajos distintos a los epidemiológicos, que estimen o desestimen con total precision una inequívoca relación provoca efecto entre la exposición a las radiaciones y la aparición de tumores en Palomares”, entre los que apuntó los siguientes:

Examen de morbilidad, con datos del Hospital Provincial de Torrecárdenas desde 1996, que incluya fichas administrativas de ingresos, historias clínicas, texto de ingresos y altas, y fichas de patología epidemiológica.

Continuación de los investigaciones epidemiológicos con equipos estadísticos fiables.

Experimentación in situ, sobre todo animales, que tengan biología parecida a los humanos, con larga vida, y que coman productos de allí.

Seguimiento exhaustivo y sin límites de los vegetales y animales de la zona.

Examen de las tierras, ya que las mediciones del CIEMAT reconocen insuficiencias.

Examen de los acuíferos.

Realización de examen de cuerpo entero a personas fallecidas, incluyendo exhumación de cadáveres. Con esta medición se puede asegurar la relación muerte-radiactividad. Incluso actualmente sólo se ha analizado orina y medición de contaminación en pulmón. Estos criterios son insuficientes.

Ensayo del asociación de personas inmigrantes, que no estuvieron expuestos a radiación inicial.

Ensayo sobre la concentración de plutonio y americio en el plancton del Mediterráneo Occidental

OTROS ESTUDIOS

Un nueva ensayo realizado por el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental, perteneciente al Departamento de Física de la Universidad Autónoma de Barcelona, titulado “Concentrations of plutonium and americium in plankton from the western Mediterranean Sea” y publicado en la revista “The science of the total environment”, ha dado modernos datos sobre las actuales consecuencias del incidente nuclear de Palomares.

Guiado por el prestigioso Dr. Joan Albert Sánchez Cabeza, el equipo de esta investigación ha estudiado, durante el período 1991-2001, la influjo de la transferencia de los radionucléidos a través de la cadena alimenticia y, en particular, la captación de nucléidos transuránicos por el plancton, lo que es básico para poder evaluar el riesgo radiológico potencial del consumo de productos marinos por la población humana.

Según este ensayo las principales fuentes de elementos transuránicos presentes en el Mar Mediterráneo, proceden de la precipitación radiactiva global –evidencias nucleares- y del incidente de Palomares, aunque en el presente se liberan cantidades menores desde instalaciones nucleares en la zona Noroeste.

El método consistió en la recogida de distintos muestras de plancton en el Mediterráneo Occidental (golfo de Vera -en la zona de Palomares-, Garrucha, Mallorca, golfo de Sant Jordi -Baix Ebre-, costa de Barcelona y golfo de León –Francia-), para evaluar la captación biológica de plutonio –Pu- y americio –Am-.

Los resultados han revelado que en Garrucha (área de Palomares) el microplancton enseñó la mayor actividad de Pu-239 y Pu-240 de todo el Mediterráneo, lo que pone de manifiesto la contaminación con plutonio de los sedimentos del fondo. Los niveles de concentración hallados estaban dentro del “rango de los valores recomendados por la Agencia de Energía Atómica Internacional” –AEAI-. Las concentraciones de transuránicos vistas en la plataforma continental fueron demasiado mayores que las de mar abierto. Según estos investigadores los sedimentos de las aguas costeras podrían jugar un papel notable en el traslado de transuránicos al mesoplancton como elemento inicial de la cadena alimenticia.

En Palomares, tanto el Pu-239 y Pu-240, como el Am-241, mantuvieron niveles cinco veces por encima de los valores hallados en el resto del mesoplancton de la plataforma continental estudiada. Los isótopos de plutonio de la muestra contaminada y los relacionados con el incidente nuclear son parecidas, lo que señala una relación directa con las bombas termonucleares que esparcieron su contenido al caer en Palomares el 16 de enero de 1966. en cambio, las concentraciones encontradas en el mesoplancton además estarían relativamente de acuerdo con los “rangos recomendados por el IAEA”.

Lo que cabría preguntarse es si “los rangos recomendados por la Agencia de Energía Atómica Internacional”, están basados en las barbaries cometidas por las potencias atómicas en los atolones del Pacífico durante el resultado de sus evidencias nucleares…

CONCLUSIONES

Como conclusión, parece indiscutible que estos investigaciones investigadores demuestran fehacientemente que tras 38 años del incidente nuclear de Palomares, las consecuencias no sólo no se han disipado, sino que siguen y seguirán afectando a las comunidades biológicas de la zona durante los miles de años que estos elementos transuránicos, en especial el plutonio, tardan en degradarse.

Lo que además es indiscutible es la reacción anormal –o ausencia de la misma- de las diferentes administraciones implicadas en el control de estos residuos radiactivos, del seguimiento epidemiológico de los residentes de esta comarca y de los demás entes vivos que viven en ella.

En cuanto a los susceptibles políticos, habría que recordarles que es legítimo potenciar el desarrollo de estas áreas y nadie lo ha puesto en duda, pero que es un deber inalienable de los mismos procurar por la salud de los residentes de esta zona, al igual que usar todo el tiempo que usan en descalificar o quitar trascendencia a estos investigaciones, en defender verdaderamente estos derechos y exigir que se examine incluso más, que se estudien soluciones paliativas y que dejen de actuar como un estorbo para el desarrollo de el saber.

FOTOS

El accidente nuclear de Palomares (Almería): 38 años de radiación nuclear
Ochenta dias después de que esta bomba cayera al océano tras la colisión en vuelo de un B52 cargado con armas termonucleares y un avión nodriza KC135 sobre la población almeriense de Palomares, fue recuperada a una profundidad de 869 metros por el submarino Alvin y subida a bordo del USS Petrel. Ver el morro y las aletas gravemente deformadas.

El accidente nuclear de Palomares (Almería): 38 años de radiación nuclear
Como resultado del incidente, se excavaron cerca de 1400 toneladas de suelo y flora radiactiva, se introdujeron en barriles de 250 litros y se enviaron a EEUU para su almacenamiento en la Savannah River Plant en Carolina del Sur. En la foto, los barriles están preparados para su envío.

El accidente nuclear de Palomares (Almería): 38 años de radiación nuclear
Después del incidente nuclear de Palomares, para enseñar al planeta la inexistencia de radioactividad en aquella zona, el Ministro de Información y Turismo, Don Manuel Fraga Iribarne, y el Embajador de Estados Unidos tomaron un baño en las playas accidentadas.

Una zona olvidada

Palomares jamás fue un inconveniente, era una zona olvidada. Pero hace una década llegó la burbuja inmobiliaria y, con ella, los planes para construir decenas de miles de viviendas del Ayuntamiento de Cuevas del Almanzora (al que pertenece Palomares) y de Vera, que además tiene terreno afectado. Pretendían multiplicar por 10 la población de Palomares (1.500 residentes) y obligaron al Ejecutivo a dejar de mirar hacia otro lado.

En 1996, las mediciones de radiación en el aire y los cultivos empezaron a dar niveles anormalmente altos. Era el americio, producto de la desintegración del plutonio y que se dispersa más fácilmente. En 2001, el Ciemat cogió nuevas muestras de suelo y halló un nivel de radiación 20 veces superior al considerado aceptable para un suelo donde vive gente. El Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) alertó de que remover la tierra contaminada era un riesgo para la salud.

En la Ley de Acompañamiento de 2003, el Ejecutivo de José María Aznar incluyó la expropiación de los terrenos en los que cayeron las bombas. Todos esos movimientos se hicieron sin comunicarlo públicamente. La ley que permitía la expropiación no citaba en ningún lado la palabra Palomares.

En 2004, ya con el PSOE, llegó a la dirección del Ciemat Juan Antonio Rubio, quien, según la nota de la embajada, “revitalizó una institución moribunda” y puso en marcha un plan de descontaminación. Rubio, ya fallecido, declaró por lo tanto a EL PAÍS que él fue el primer sorprendido al conocer que el plutonio seguía enterrado: “Lo mejor es quitar el material radiactivo y olvidarnos de Palomares”. El Ciemat empezó a realizar un detallado ensayo tridimensional de la contaminación: expropió los terrenos de las bombas, cogió 325.000 muestras con un georradar en 6,6 millones de metros cuadrados de suelo y analizó 1.848 muestras de tierra. EE UU puso 1,983 millones de dólares para el ensayo. En un informe preliminar, de junio de 2007, el Ciemat admitió que había contaminación fuera de las zonas valladas y expropiadas y el CSN replicó que la contaminación detectada se podría superar la dosis de radiación admisible para el público, lo que obligó a “imponer restricciones totales o parciales” al uso del suelo.

El ensayo sobre la radiación enterrada se terminó en diciembre de 2008 y es al que alude Moratinos. El Gobierno no lo ha hecho público, pero según las conclusiones, ha encontrado 50.000 metros cúbicos de tierra contaminada con medio kilo de plutonio (cada bomba poseía entre 4 y 5 kilos). asimismo, desvela la localización de las zanjas radiactivas en las que el Ejército de EE UU dejó enterrados remanentes metálicos contaminados y que la sobreexplotación del acuífero ha provocado la intrusión salina (entra agua de mar en el subsuelo), algo que “reduce las posibilidades de que el agua subterránea haya sido utilizada para beber o regar”. Hay tres zonas contaminadas, una cerca del cementerio -donde están las zanjas-, un solar en el centro de la pedanía, y 20 hectáreas en la sierra de Almagrera, donde el viento llevó parte de la contaminación durante la caída de la bomba. De los 50.000 metros cúbicos contaminados hay 4.200 con un nivel de radiación que incluye “la restricción total de uso”. Los expertos buscan cómo reducir el volumen de tierra con un tamizado y consideran que los 50.000 metros cúbicos de tierra radiactiva se podrían quedar en 6.000.

Control de daños

El embajador Aguirre advirtió a Washington ya en 2006 de que si decidían no pagar nada “la embajada debería preparar una estrategia de control de daños, ya que EE UU sería atornillado en la prensa (por ejemplo, un buen aliado debería solucionar su propio lío)”. El por lo tanto embajador, que además visitó Palomares, recomendó rastrear financiación militar.

La decisión de Washington de desentenderse del incidente ha contado siempre con la oposición de su legación en Madrid. Arnold Chacon, ex encargado de negocios y embajador interino entre enero de 2009 y enero de 2010, elevó el 30 de abril de 2009 un despacho confidencial sobre Palomares (204960). Chacon expresa a Washington sus dudas: “¿Está el Gobierno de EE UU considerando pagar al menos parte de la limpieza y llevarse parte del suelo contaminado?”. La Embajada revisó todo el expediente para contestar la duda de si estaban obligados legalmente a pagar. “La Embajada no conoce ningún escrito que indique que el Gobierno de EE UU se haya comprometido a financiar la limpieza”, aunque admite que hay “una mención en un escrito de poco valor de 1969” a una garantía del general Wilson. La legación explica que estima que se trata del militar “Delmar Wilson, que estuvo al mando de la contestación inicial al incidente” y que en ese texto queda claro que “el Gobierno de EE UU sufragaría todos los gastos causados por el incidente, pero el contrato no explica qué cubre esta garantía”. El Ciemat encargó otro informe jurídico en el que ve muy complicado reclamar el pago en los tribunales.

Los documentos firmados durante décadas no dejan claro quién debe pagar. El acuerdo Hall-Otero, del 25 de febrero de 1966, un mes después del incidente, alude a “un área rural que ha sido descontaminada de acuerdo con límites y procedimientos de descontaminación mutuamente acordados y no hace mención a ninguna limpieza adicional”, según prosigue Chacón. “en cambio” ?admite? “está claro que, debido a los avances del conocimiento investigador de qué niveles de contaminación son aceptables y con los resultados preliminares del mapa de la contaminación, la limpieza adicional actualmente es considerada necesaria”.

En 2006 y 2007 los dos naciones firmaron modernos documentos para llevar a cabo el plan para conocer la contaminación en detalle. El cable considera que ninguno de estos “constituye un compromiso para ninguna de las partes para llevar a cabo la limpieza”. Chacón considera, pues, que no hay obligación legal pero advierte a sus superiores de que las negociaciones en “2005 y 2006 contribuyeron a la expectación” de que EE UU apoyaría la limpieza. Insiste en que, aunque jamás se comprometieron por escrito, los tratos entre representantes de los dos Ejecutivos “reforzaron” la aspiración de que los estadounidenses pagarían y de que se llevarían el plutonio. En la Península Ibérica no hay ningún almacén para esta sustancia. El plutonio tarda 24.000 años en desintegrarse a la mitad.

Gastos compartidos

los investigadores españoles implicados en la limpieza siempre daban por descontado el apoyo: “Con EE UU no hay ningún inconveniente. Pagarán su parte. Son gente muy seria y conocen que esto lo causaron ellos”, afirmaban con rotundidad. Aunque con el cambio de Administración y la llegada de Obama todo cambió. El 8 de octubre de 2006, Juan Antonio Rubio explicó a EL PAÍS: “EE UU nos va a ayudar en la parte técnica y aunque no se dice cuánto, los gastos serán compartidos”. La información no fue desmentida y salió en medios internacionales. La Embajada admite en sus cables que “las historias en la prensa” reforzaron la impresión de que Washington pagaría su parte de los 25 millones en los que está presupuestado el plan.

Chacón, al igual que su predecesor, entiende la petición española: “Si el Gobierno de EE UU decide no colaborar en la limpieza, anticipamos una significativa reacción negativa del Gobierno de España y del público y la prensa española (esperamos que la prensa de EE UU, que ocasionalmente sigue el asunto, además se interesaría)”. El embajador considera que lo relevante no es si hay un compromiso implícito o explícito, sino que la disputa se centraría en “la carencia de voluntad de EE UU de ayudar a terminar de limpiar la contaminación causada por armas de EE UU que cayeron de aviones de la Fuerza Aérea de EE UU”.

Pese a los cables, Washington siguió dando largas. Hace un año, Moratinos sacó el asunto en Washington y pidió auxilio anteriormente de que se conocieran las conclusiones del ensayo. En la reunión estaba el por lo tanto embajador en EE UU, Jorge Dezcallar, y el ex jefe general para América del Norte Luis Felipe Fernández de la Peña. Clinton le replicó “que recordaba el incidente pero no hizo ningún compromiso”. En lugar de eso, en el presupuesto para el curso 2009-2010, EE UU dejó de pagar los 300.000 dólares anuales que abonaba desde 1997.

En mayo de este año, durante la visita del actual vicepresidente norteamericano Joe Biden a España, Exteriores sacó el asunto y el 7 de julio, al final, hubo una reunión en Washington entre representantes del Gobierno y militares estadounidenses. El Ejecutivo español (La Moncloa, Exteriores y el Ciemat) llevaba tres ideas: que España necesitaba auxilio tecnológica, financiera y, sobre todo, que EE UU debía llevarse la tierra. No hubo contestación, solo tomaron nota, como había hecho Clinton siete meses anteriormente. La réplica al final llegó en una nota verbal de dos folios del 16 de noviembre pasado.

Examen a la población

En ella, EE UU asevera actualmente que necesita más investigaciones anteriormente de tomar una decisión, que hay que realizar examen a la población y establecer criterios de exclusión de uso del suelo. Fuentes españolas consideran que el escrito supone retroceder 40 años, que no abordan el inconveniente del plutonio y ni aluden el americio. Francisco Castejón, de Ecologistas en Acción, y buen conocedor del proceso, culpa a EE UU “pero además al Gobierno español”: “España ha enviado delegaciones muy técnicas, de muy poco nivel y Exteriores jamás se ha implicado en el proceso. Así que EE UU, que en comienzo se cogió el asunto muy en serio, ha aprovechado la puerta que le han dejado abierta”.

El Gobierno ha recibido con sorpresa y desánimo la contestación y ha convocado una reunión el 14 de diciembre para decidir qué hacer. España es consciente de que sin asistencia estadounidense no puede solucionar Palomares. “No dicen que no vayan a colaborar, es una nota interina en la que piden más investigaciones. En esencia, se dedican a dar largas”, resume una fuente próxima a la negociación.

Ante la previsible negativa estadounidense, el Ejecutivo involucró a la Agencia Internacional de la Energía Atómica, que ha preparado un informe sobre la situación. asimismo, en abril visitaron Palomares expertos de Euratom (la agencia europea de la energía atómica) y elaboraran otro informe para el Parlamento Europeo. España espera que la publicidad del informe sirva de palanca para implicar a EE UU. Pero admite que es muy complicado porque Washington no quiere crear un precedente y iniciar a recibir reclamaciones de diferentes zonas del planeta donde ha dejado contaminación radiactiva.

 

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