LA MICA DE LOS DIOSES MEXICANOS

LA MICA DE LOS DIOSES MEXICANOS

7 abril, 2019 Desactivado Por Sandra

 

 

Hace sólo 100 años, no había pirámides en San Juan de Teotihuacán. Los cuatro kilómetros de la Avenida de los Muertos y las hoy conocidísimas pirámides del Sol y la Luna sencillamente no existían. En su lugar se levantaban unas misteriosas montañas de suaves laderas, equidistantes las unas de las diferentes, que hacían suponer la presencia de construcciones humanas bajo ellas. Llevaban allí siglos, cubiertas de flora y tierra, olvidadas. De hecho, cuando Hernán Cortés pasó a su lado camino de la antigua Tenochtitlán, apenas les prestó atención, y lo mismo les sucedió a los modernos mexicanos incluso principios del siglo XX.

Fue Leopoldo Batres, un miliciano del general Porfirio Díaz, presidente de México incluso 1911, quien se ocuparía de devolver a aquel lugar su antiguo esplendor. Batres convenció al general para que le entregase una cuantiosa suma de dinero (más de medio millón de pesos de la era; unos 45.000 euros) y armar todo un ejército de zapadores que desbrozaran esas colinas y descubriesen su corazón de piedra. Por 25 céntimos al día por cada operario, don Leopoldo pensaba ganarse la gloria eterna.

Aquel señorito de bigote engominado y mirada astuta jugaba, además, con un buen as en la manga: si, como afirmaba, descubría una pirámide bajo la mayor de las colinas del lugar, Porfirio Díaz tendría un icono fabuloso con el que celebrar en 1910 su 80 cumpleaños, presentarse reforzado a las nuevas elecciones y conmemorar el centenario de la independencia de México. El bravo general estaba, pues, a sus pies.

La cronica de aquella peculiar misión arqueológica me llevó a Teotihuacán en noviembre de 2004. Aunque Batres era recordado como un torpe excavador que redujo en casi siete metros el perímetro de la hoy impresionante Pirámide del Sol, se le reconoce incluso el mérito de haber adecentado un recinto que atrae a más de un millón de visitantes al año. “Aquí le profesamos una relación de amor-odio”, me explicó una de las inspectoras del lugar, que prefirió guardar su anonimato al hablar de Batres. “Él fundó el primer museo de Teotihuacán, que estuvo abierto incluso 1964, pero además aprovechó sus privilegios con don Porfirio para saquear y vender gran cantidad de las antigüedades que sacó de estas zanjas. ¡Sólo Dios sabe lo que se llevó de acá!”

Precisamente uno de esos robos era lo que me interesaba documentar. Sabía que lo que motivó a don Leopoldo para excavar entre los túmulos de Teotihuacán fue un informe de 1864, redactado por el ingeniero Ramón Almaraz, en el que concluía que todos aquellos túmulos contenían tesoros y polvo de oro en grandes cantidades. Sabía además que Batres se ligó con Antonio García Cubas, veterano expoliador del lugar que desde 1890 excavaba en la rostro sur del túmulo de la Pirámide de la Luna, convencido de que encontraría pasadizos y cámaras en los mismos zonas que los hallados en la Gran Pirámide de Egipto. Pero yo quería conocer más.

La primera década del siglo pasado fue una era de soñadores, de aventureros a lo Indiana Jones, de hombres de mucha voluntad y escasos recursos. Pero eso, gracias al entusiasmo de Porfirio Díaz, iba a cambiar. No en vano, Batres era hijo ilegítimo del hombre de confianza del general, a quien don Porfirio casó con su hija Carmen. Y sus lazos de sangre iban a convertir aquella excavación en un tema de familia.

El 20 de marzo de 1905 empezaron sus trabajos. Su primer objetivo fue comprobar si existía o no una pirámide debajo de la colina mayor, de casi 70 metros de altura. Había que pelar la montaña en busca del revestimiento del edificio y mover centenares de miles de toneladas de arena para liberar al gigante. De hecho, habría de pasar más de un año para que emergieran los primeros descubrimientos. Pero llegaron.

En octubre de 1906 el equipo de Batres sacó a la luz algo inesperado: en las cuatro esquinas de cada una de las terrazas superiores de la pirámide hallaron una especie de cámaras en las que se escondían esqueletos humanos. No eran unos cuerpos cualesquiera. En cada habitáculo, encogidos en posición fetal, dormían los remanentes de 12 niños de seis años de edad cada uno. Habían sido enterrados vivos, tal vez como sacrificio al dios Quetzalcóatl, del que además hallaron unas pocas figurillas de obsidiana.

Ese hallazgo amenazó la imagen idealizada que poseía Batres de la civilización que levantó Teotihuacán: un lugar espiritual, diseñado por los toltecas, a los que afirmaba refinados artistas y hombres de fe, pacíficos, incapaces de diferentes ofrendas que las florales o de pequeños pájaros.

Pero aquel otoño su suerte continuó, y a los cuerpos de los niños pronto se les unió algo más. En la quinta terraza, la más alta del montón de la hoy llamada Pirámide del Sol, un operario reveló una gruesa capa de mica laminada que cubría una superficie enorme. Era un material raro para el sitio. asimismo, en 1906 aquella mica poseía un valor incalculable en el mercado. Se usaba para la construcción de condensadores, y se la estimaba un apreciado aislante eléctrico y térmico que sólo fundía a temperaturas superiores a los 1.100 grados centígrados. Por alguna oscura razón, los arquitectos de Teotihuacán la colocaron allá hacia el siglo II a.C., en el instante de mayor expansión de su civilización. La cuestión era ¿para qué?

Batres jamás consignó aquel descubrimiento por escrito. Se limitó a saquearlo durante su arbitraria restauración de la pirámide y, sin importarle las cuestiones que suscitaba su presencia, vendió aquel revestimiento para uso industrial.

Un desafío arqueológico

La existencia de mica en la Pirámide del Sol sigue desafiando incluso hoy a los arqueólogos. La misma inspectora de las ruinas que me habló de Batres me empujó pirámide abajo incluso un recinto emplazado a unos 300 metros al sur de su vertiente occidental. Era un lugar que pasaba totalmente desapercibido. Se trataba de un facil cobertizo de techo de uralita, asentado sobre un muro supuestamente antiguo, hecho de piedra volcánica y cemento. Tan humilde techumbre protegía una puerta de metal clavada en el suelo y ésta… un inesperado tesoro.

“Unos años después de caer Batres en desgracia y terminar exiliado en París, un equipo de arqueólogos volvió a revelar mica en Teotihuacán”. Mi discreta inspectora sacó una llave de su guerrera verde y abrió el candado que bloqueaba la puerta. “Por suerte aun está aquí. Intacta. Puede verla usted mismo”.

Eché un vistazo, intrigado. “Llamamos a este lugar el Santuario de la Mica”, me manifestó. La suya era una definición muy generosa. Allí no quedaba nada de un santuario, y la mica, según explicó, fue dispuesta en el suelo, a modo de aislante, por los constructores de aquel recinto. Por qué lo hicieron seguía siendo un enigma. “En total, aquí hay casi 28 metros cuadrados de suelo de mica. Están divididos en varias planchas de unos seis centímetros de grosor. Con lo frágil que son, nadie se explica cómo las transportaron incluso aquí sin romperlas”.

La mica es resistente al calor y a la electricidad, se usa como aislante en máquinas de alta tensión y es un elemento opaco a las radiaciones nucleares.Una de las esquinas de aquel pavimento traslúcido se había desgajado de la losa original. La inspectora la puso en mis manos. “Corren toda clase de leyendas sobre esto en Teotihuacán, ¿sabe?”. La invité a proseguir. “La mica es resistente al calor y a la electricidad, se usa como aislamiento en máquinas de alta tensión y incluso se sabe que es un elemento opaco a las radiaciones nucleares. Varios admiten que formaba parte de un tipo desconocido de tecnología primitiva, de un mecanismo olvidado. Nadie sabe ya qué pensar”.

Mi guía poseía razón. Pero ignoraba un hecho, si cabe más asombroso: según los examen efectuados por la Fundación Viking, descubridora de aquel recinto, la mica poseía un DNI inconfundible que de dónde había sido extraída. Al estar formada por oligoelementos específicos, se conoció que había salido de una veta rocosa colocada a más de 3.200 kilómetros de separación. En Brasil. Y ése sí era un enigma en toda regla: ¿cómo hicieron, hace 22 siglos, para cortar casi 30 metros cuadrados de mica y trasladarlos intactos, sin carreteras ni transportes avanzados, incluso aquel lugar?

La inspectora se encogió de hombros y sin enseñar demasiada sorpresa, rió. “Los que levantaron esto eran genios, señor. ¿O acaso no sabe lo que significa Teotihuacán?… El sitio en el que los hombres se convierten en divinidades. Ellos lo podían todo”.

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