LEYENDA DE LA SEÑORA DE ANBOTO

LEYENDA DE LA SEÑORA DE ANBOTO

6 abril, 2019 Desactivado Por Sandra

LEYENDA DE LA SEÑORA DE ANBOTO

LEYENDA DE LA SEÑORA DE ANBOTO

Mari es la deidad suprema de la mitología vasca. Posee varias moradas, pero una de las más conocidas es la que tiene en el monte Anboto, por lo que además es conocida como Anbotoko Dama o Damla.

Mari tiene un compañero, Maju o Sugoi, que la visita todos los viernes por la tarde y le peina el cabello con su peine de oro. Tiene además dos hijos, Atarrabi y Mikelats, representantes el primero del bien y el segundo del mal. Algunas veces Mari se casa con mortales, con los cuales tiene hijos e hijas.

Aunque se la representa de muy diversas maneras, hay una particularmente atractiva: una hermosa doncella, con largos cabellos, un castillo de oro en su mano derecha y un dragón a sus pies. La siguiente leyenda se encuentra recogida en el «Texto dos Linhagens», escrito por el conde Pedro de Barcellos en el siglo XVI…

Era don Diego López de Haro, señor de Vizcaya en el siglo XIV, un vasto cazador, y siempre que podía salía en busca de algún jabalí o de algún otro animal salvaje de los que, en aquel por lo tanto, abundaban en nuestros bosques y montes.

Un día en que se afanaba en la caza de una buena pieza, oyó cantar a una doncella en lo alto de una peña. La voz era tan bella que don Diego sintió unos enormes deseos de conocer a su dueña, y se dirigió hacia ella. Jamás había observado una doncella tan hermosa. Era alta y esbelta, de piel blanca y ojos negros que contrastaban con el rubio dorado de sus cabellos, que casi llegaban incluso el suelo. Llevaba un vestido verde bordado con hilos de oro, y una cinta, además de oro, en la frente. Era tal su esplendor que don Diego se enamoró locamente de ella.

—¿Quién eres?—le preguntó.

—La señora de Anboto —contestó ella.

—Puesto que tú eres señora de Anboto y yo señor de Vizcaya, ¿quieres casarte con migo?

La Dama aceptó, pero le hizo prometer que jamás, jamás haría la señal de la cruz en su presencia. Se casaron y tuvieron una hija, Urraka, y un hijo, Iñigo Gerra. Pasaron los años y la felicidad reinaba en el castillo de don Diego López de Haro. Un día volvió de la caza el caballero trayendo consigo un enorme jabalí que los encargados de la cocina dispusieron para la cena. Estando toda la familia a la mesa, dos de los perros de la casa entraron en el comedor y comenzaron a ladrar pidiendo parte del banquete. Uno era un vasto perro alano, muy fiero, y el otro una perrita de aguas, demasiado más reducida. Don Diego, gracioso, les lanzó una pata del jabalí y los dos perros se abalanzaron sobre ella, disputándosela. Ante el fascinacion de todos, la perrita mató al alano y escapó arrastrando la jugosa pata. Don Diego no pudo reprimirse e hizo la señal de la cruz, al tiempo que exclamaba:

—¡Dios mío! ¡Jamás había observado algo igual !

En aquel mismo instante, Mari cogió a su hija de la mano y ambas salieron volando por una de las ventanas. Jamás más se conoció de ellas.

Pasaron de nuevo los años y, durante una guerra contra los castellanos, don Diego fue hecho prisionero y llevado a una fortaleza en Toledo. Iñigo Gerra pidió consejo a los suyos para liberar a su padre, pero nadie conocía el modo, incluso que un viejo de larga barba blanca abrió la boca.

—Iñigo, si quieres auxilio —le manifestó—, ve a pedírsela a tu mamá. Ella sabrá decirte lo que tienes que hacer.

Fue pues Iñigo al monte Anboto y vio a Mari encima de una peña.

—Iñigo Gerra, querido hijo —habló Mari—, ven incluso mí porque ya sé que vienes a preguntarme cómo sacar a tu padre de la prisión.

Mari lanzó un grito y apareció un hermoso caballo blanco ensillado.

—Este es Pardal —continuó mencionando la Dama—. Te lo doy. Con él ganarás batallas, pero jamás debes de quitarle la silla, ni siquiera darle de comer o beber. Hoy mismo te llevará a Toledo y os traerá de vuelta a casa.

En efecto, Iñigo montó el caballo y, al instante, se localizó en el patio dela fortaleza en donde estaba encerrado su padre, lo buscó, lo cogió de la mano, lo llevó incluso el caballo y ambos regresaron a Vizcaya sin que ningún soldado hiciera nada por detenerlos, puesto que se habían vuelto invisibles.

Desde aquel por lo tanto, todas las entrañas de las vacas que se mataban en la casa del señor de Vizcaya eran colocadas sobre una peña como ofrenda a la Dama de Anboto. Y decían que, de no hacerlo, caería un mal sobre don Diego o sobre sus descendientes, como así ocurrió. Un tataranieto de don Diego dejó de hacer la ofrenda y perdió un ojo por no seguir la tradición.

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