Los macuxies del amazonas recorrian 15 dias bajo tierra incluso el otro planeta

Los macuxies del amazonas recorrian 15 dias bajo tierra incluso el otro planeta

28 marzo, 2019 Desactivado Por Sandra

Cuantas veces se nos ha advertido que que los cuentos de hadas tienen más de cronica y realidad que de cuento invención. Que fueron escritos así para ocultar grandes verdades. ¿Podría ser esta, una de aquellas historias?
Veamos. . .
Los macuxies del amazonas recorrian 15 dias bajo tierra hasta el otro mundo
Cuentan los últimos macuxíes (del norte del Amazonas), que incluso el año 1907 entraban por una caverna y andaban entre trece y quince días, incluso llegar al interior. Allí, “del otro lado del planeta”, viven los “hombres grandes”, que miden entre tres y 3,5 metros.
Son muy buenos pero hay que respetar sus indicaciones. La consigna de los macuxíes del lugar, era custodiar la entrada de la caverna, impidiendo el acceso a todo otro ser que no fuera alguno de los autorizados de la tribu.
Cuando el gran viento que recorría el enorme túnel empezaba a soplar hacia afuera, (poseía ritmos de cinco días hacia afuera y diferentes tanto hacia adentro) podían iniciar a descender las escaleras (de 82 cm. de altura cada escalón), y las escaleras terminaban al tercer día (contaban los días con el estómago y los períodos de sueño, lo que resulta sumamente exacto).
Los macuxies del amazonas recorrian 15 dias bajo tierra hasta el otro mundo
Allí dejaban además los breos (antorchas hechas con palos embebidos en brea de afloramientos petrolíferos cercanos), y continuaban iluminados por luces que sencillamente estaban colocadas allí, grandes como una sandía y claras como una lámpara eléctrica. Cada vez andaban más rápido, puesto que iban llevando menos peso e iban no encontrando el peso corporal. Atravesaban cinco zonas que estaban muy bien delimitados, en medio de unas cavidades enormes, cuyo techo no era posible ver. Allí habían -en una de las salas- cuatro luces como soles, increible mirarlos, pero que seguramente no era tan altas como el sol. En ese sector crecían varios árboles de buenos frutos, como cajúes, nogales, mangos y plátanos, y plantas más pequeñas.
Por la descripción comparativa con ciertos zonas de la zona macuxí, esa sala tendría unos diez kilómetros cuadrados de superficie “transitable” y vegetada, y diferentes sectores inaccesibles y muy peligrosos, con piedra hirviendo, al igual que unos arroyos de azogue (mercurio, que los macuxíes conocieron en el presente siglo su uso para amalgamar el polvo de oro, merced a los garimpeiros que hoy contaminan con él las aguas amazónicas). Luego de estas cinco grandes cavidades, en un lugar situado más allá de medio camino, debían tomarse de las paredes, y con atencion impulsarse porque “volaban” (es decir que estaban ingrávidos como un cosmonauta).
El viento que había comenzado a soplar hacia afuera, no era obstáculo al comenzar el descenso, pero si lo intentaban al revés, la violencia del remolino les podía arrastrar al abismal túnel, y el cadáver -golpeado mil veces- no se detendría incluso un día de marcha, cueva adentro. Respetando este ciclo, iniciando la marcha con viento en contra (que era a favor de su seguridad) descendian tres días por escaleras; y despues de dos días de marcha por túnel angosto, ya sin escaleras, el viento volvía hacia adentro, de modo que cuidaban los pasos desde el día de la partida, para no dejar arena removida o guijarros sueltos que luego se estrellarían en sus espaldas. Incluso con viento a favor -ya en el séptimo u octavo día de marcha-, llegaban a la zona “donde todo vuela”, es decir al medio de la costra del mundo (el medio de la masa, magnéticamente hablando, que no es el centro geométrico de la Tierra, sino cualquier punto en medio del espesor de la corteza).
en alguna ocasión el viento era muy fuerte, y en vez de tomarse de las paredes para impulsarse, debían hacerlo para frenarse y no ser golpeados. Normalmente duraba desde poco menos de un día incluso día y medio, la travesía sin gravedad. Algunas veces debieron aferrarse a las salientes pétreas o a hierros que habían “desde anteriormente” clavados en la roca, y esperar dos días a que amainara el viento.
Luego seguían el camino caracterizado por arroyos con aguas muy frías que atravesaban la caverna, y entraban a una especie de gran vacía, mayor que las previos, donde habían unas cosas relucientes, de figura similar a los panales de abejas, de unos diez metros de circunferencia, situados sobre un vástago, como un tronco de árbol, a una altura imprecisable por la memoria de los últimos macuxíes que viven recordando aquello, incluso con cierto miedo a las represalias de “los hombres grandes”.
Los viajeros iban recobrando el peso, pero no llegaban a recobrarlo completamente, porque aparecían en “la tierra del otro lado”, donde todo es un poco más liviano, el sol es rojo y siempre es de día, sin noche, ni estrellas ni luna. Allí permanecían unos días, disfrutando de unas playas cercanas, volviéndose más jóvenes. (Lo que recuerda a Apolo, que iba al Olimpo a rejuvenecerse).
Los macuxíes conocían muy bien el Atlántico, pues estaban -“afuera”- a unos trescientos kilómetros de la costa, y no era éste el mar). Los gigantes les daban unos peces muy buenos y grandes, cuya carne no se descomponía incluso dos o tres meses de haber sido pescados. Con esa preciosa carga, manzanas más grandes que una cabeza y uvas del tamaño de un puño, además de mucha energía corporal, volvían acompañados de varios gigantes que les ayudaban con el enorme peso que traían. El viaje de vuelta se iniciaba con viento a favor, para volver a tenerlo a favor además en la última etapa, al subir los tres últimos días por las escaleras, cuyos últimos remanentes existen hoy en dia.
La creencia -o conocimiento- de los macuxíes, es que si respetan las pautas dadas por los gigantes, luego de morir aquí afuera, nacerán entre ellos, allá adentro. Cuentan que varios macuxíes no morían, sino que se transformaban (¿transfiguraban?) en casi-gigantes y se quedaban en el interior. Esto requería principalmente, no tener hijos aquí afuera.
La tragedia para los macuxíes sucedió en 1907. Tres exploradores ingleses, llegaron en nombre de su reina, buscando diamantes. La zona macuxí es incluso hoy en dia un poco diamantífera, pero ya se la ha explotado desde 1912 tan intensamente que casi no hay diamante, siendo poco o nada rentable su búsqueda. Cuando llegaron los ingleses, había lo bastante como para conformar a la reina y a demasiados ambiciosos que se enriquecieron luego, explotando a los nativos, pero uno de aquellos “viajeros autorizados al Centro de la Tierra” cometió la terrible imprudencia de violar la consigna de incognito, e apuntó el sitio de entrada a los extranjeros.
Uno de ellos envió una carta a Su Majestad, repitiéndole una narración como ésta, con varios detalles más. En las arenas de las playas interiores, abunda el diamante, al igual que en varios enormes bloques carboníferos de mineral de serpentina, de viejos calderos volcánicos, que hoy son, precisamente, esos túneles hacia el interior del planeta.
Los tres hombres salieron -o mejor mencionado entraron- de expedición, pero no regresaron jamás. En vez de ello, salieron los gigantes, reprendieron a los macuxíes y les prohibieron para siempre el ingreso al interior. Luego de dos años de angustia y pobreza (esa zona, en esta superficie externa poseía diamantes -sin valor por lo tanto para ellos-, pero no mucha fruta ni demasiados peces), decidieron intentar un nuevo contacto con los gigantes, a pesar de la prohibición.
Viajaron esperanzados durante dos días, pero llegaron a un lugar del camino donde el viento venía de otra caverna que ellos no conocían. El camino original estaba derrumbado. Varios volvieron inmediatamente, pero diferentes decidieron seguir el nuevo y desconocido túnel. Varios meses después, uno de ellos regresó y manifestó al resto que podían entrar; los gigantes les autorizaban, pero sería para no volver jamás afuera, porque diferentes ingleses irían al territorio y les dañarían. Varios se negaron a partir, porque el sitio asignado era una de aquellas grandes vacuoides. Diferentes aceptaron irse y no regresaron jamás.
Unos años después, empezaron a llegar garimpeiros, a enturbiar los ríos con zarandas, resumidoras y mercurio, y a enturbiar los cerebros de los macuxíes que se quedaron “afuera”, con caña, caipiriña y macoña (droga). igualmente les enturbiaban las espaldas -con látigos- y la casta, violando a sus mujeres. En junio o julio de 1946 hubo un enorme derrumbe en el túnel, cayendo casi toda la escalera. Hoy sólo quedan varios escalones del inicio, y un enorme precipicio inescalable, donde el viento sopla con ritmos distintos.
Varios viejos macuxíes que escaparon al látigo inglés, y incluso viven contando su edad por lunas, no se resignan completamente a olvidar el Paraíso Perdido. Jamás mejor expresado, pues ellos lo conocieron… Y lo perdieron.

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