Las posesas de San Plácido: La lujuriosa historia de las monjas endemoniadas

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Durante el reinado de Felipe IV, cuando el conde-duque de Olivares gozaba del mayor esplendor de su poder, tuvo lugar en un convento madrileño un extraño caso de posesión infernal que provocó que el Santo Oficio tomase cartas en el asunto…

El convento de San Plácido se encuentra a muy pocos metros de la plaza del Callao. Miles de personas pasan frente a sus muros a diario, pero son muy pocos los que conocen la leyenda de misterio y demonios que se esconde de puertas para adentro.

El halo de santidad que tiene ahora contrasta con el pasado diabólico que se le adjudicó en la corte de Felipe IV.

El convento fue en su día escenario de todo tipo de rituales exorcistas, debido a las continuas agresiones que las monjas sufrían por parte de seres infernales. Diferentes episodios de esta índole lograron que en aquella época se conociera a esas religiosas como las «endemoniadas» de San Plácido.

Todo comenzó cuando una joven novicia dio la voz de alarma al comenzar a realizar actos extraños, como dar voces y hacer gestos obscenos impropios de un religiosa. Fue el confesor fray Juan Francisco García Calderón, quien comenzó a preocuparse por la situación, el que determinó que la joven estaba poseída por el diablo.

Por este motivo se le practicó un exorcismo de urgencia que no dio buenos resultados: no sólo se pudo curar a esta hermana, si no que además otras veintiseis corrieron con la misma suerte.

Lo que más impresionó a los testigos y sin duda influiría en el posterior “contagio” demoníaco del resto de religiosas, fue la afirmación de Luisa María de que no sólo ella tenía demonios en su cuerpo, sino que había otras monjas con ellos, señalando especialmente a Teresa Valle de la Cerda.

Poco después, el 29 de septiembre, se manifestó un nuevo demonio en la religiosa Josefa María, que dijo llamarse “serpiente circuladora”. La peculiaridad de este nuevo inquilino es que permitía a la monja realizar anuncios de tipo profético, en cuestiones relacionadas incluso con la política –algunos de ellos muy favorables al protonotario del rey, don Jerónimo de Villanueva, quien más tarde sería acusado por la Inquisición de graves delitos–.

El asunto llegó a extremos tan alarmantes que todas las moradoras de San Plácido, exceptuando a cuatro, cayeron bajo la influencia del Maligno. Los rumores llegaron pronto al Inquisidor General, don Diego de Arce de Reynoso, que abrió un largo proceso.

Éste culminó en 1631 al dictarse prisión perpetua, ayunos y disciplinas para el confesor fray Juan Francisco García Calderón, que tras el tormento se autoinculpó de haber cometido actos pecaminosos con las monjas. Por su parte, la priora fue desterrada, mientras que la comunidad con el resto de las monjas fue repartida para evitar que los hechos se reprodujeran en un futuro.

¿Gozaban las monjas de San Plácido de una facultad precognitiva, o fueron los demonios enviados por Dios para la gloria eterna de la Orden benedictina quienes adivinaron un futuro que en esa España, nación de naciones, se anunciaba oscuro y calamitoso? Quizá nosotros, pobres mortales, nunca lo sepamos.

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